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11 diciembre 2014

Diario de un perfecto imbécil (1): "Ab initio".

Sí, tal como suena, un imbécil en grado superlativo y, según qué fuentes consultadas, de reconocido salero y prestigio. Aún conservo mi puesto de trabajo, en esencia gracias a los esfuerzos, agilidad y mediación de mi buen amigo y compañero Manolo. Si llega a ser por mis propios méritos y temperamento, otro gallo cantaría. El caso es que estuve a punto de perderlo hace varias semanas por algo que pretendo contarles en breve. Intentaré explicarles este título autoincumpatorio y, quizás lo más importante, la naturaleza de la tarea -"journaling", lo denominó la buena señora- que mi psicoterapeuta me ha encomendado para, cito sus palabras textuales, "permitir que afloren a la conciencia todos tus estresores psicoafectivos, los cuales amenazan con hacerte colapsar sistémicamente y, de paso, exorcizar tus propios fantasmas para que se diluyan sus efluvios ectoplasmáticos una vez expuestos a la luz del día", casi nada...

El caso es que el "psicópata" -así le llamamos allí, con un sentimiento no exento de cercanía y cierto deje afectivo- me espetó brutalmente a la cara entre gritos y espasmos, sin venir a cuento, más por un desahogo de la situación de estrés autoinducida con que se castiga permanentemente que por un supuesto fallo u omisión de este humilde servidor, lo siguiente: "Ramón, es usted un perfecto imbécil; ya me tiene harto...". No llegó a terminar la frase la criatura. Ni corto ni perezoso -reactividad desmedida a flor de piel, que interpretaría más tarde mi psicoterapeuta-, le agarré el pescuezo con mi siniestra, hasta el punto que la arteria que discurre por el cuello -la carótida- adquirió matices folclóricos y tornasolados, hinchándosele como a un esforzado cantaor flamento en el momento de mayor paroxismo al proferir sus quejíos melismáticos, mientras que procedía a tomar impulso con la diestra para estrellarle mi puño en las narices. De no ser por la ágil y oportuna, a juzgar por el desarrollo de los acontecimientos, intervención de Manolo, que se introdujo hábilmente en la escena en cuanto la presenció, posiblemente este sería el diario de un criminal convicto. Sin lugar a dudas, mi afición hortícola me había procurado en las extremidades superiores una musculatura nada despreciable que podía ser destinada, a conveniencia e indistintamente, para cavar con la azada las zanjas que precisaba mi pequeño huerto doméstico o, en otro orden de cosas, partirle la cara a ese estúpido e irreverente señor, el administrador, que tampoco era especialmente fino en la práctica de controlar su temperamento irascible.
Afortunadamente, para mí y para el pescuezo del administrador, hubo testigos de esta infausta escena que pudieron mediar en su desenlace. Éstos aconsejaron al "psicópata" (léase, administrador) no menear el asunto y dejarlo en un malentendido ya que su historial de gestión en nuestra pequeña empresa, desde el paradigma de la inteligencia emocional, no se había caracterizado por ser precisamente impoluto y no había un solo trabajador que no pudiese proferir fácilmente sapos y culebras sobre su "modus operandi" si el caso llegaba a mayores consecuencias. El ambiente se relajó y, las consecuencias que tiene ver mucho cine americano, me obligaron a darle la mano. Ciertamente, estuve a punto de estrujársela en ese preciso momento. Una mirada nítida, despierta y bastante oportuna de Manolo evitó tal desvarío. Aparentemente, todo se diluyó en la vorágine de la rutina diaria.
Tanto Manolo como, más tarde, mi santa esposa me impulsaron vehementemente a buscar ayuda profesional para mi problema. ¿Qué problema...; poner en su sitio a un redomado imbécil?. Como, en el fondo de mi ser, me puede la nobleza y bonhomía, no tuve más remedio que ceder a los reiterados ruegos -y amenazas, en el caso de mi mujer- de mi entorno y más por acallar la marabunta que por propio e íntimo convencimiento, me encaminé a la consulta de Pepa, la profesional que me aconsejaría, entre otras técnicas variopintas de modificación de conducta y manejo de la ansiedad, la idea de comenzar un diario en que se reflejara -como ella decía- un registro de incidentes críticos y una reflexión sobre mis afanes diarios.
He de reconocer, la verdad sea dicha, que le estoy cogiendo gusto a la redacción. Nunca había sido un estudiante excepcional, sino más bien mediocre y un tanto vago. Por ello, mi escritura primigenia tenía rasgos telegráficos y una finalidad básicamente de subsistencia. Ni siquiera llevaba una agenda, ya que no me hacía falta para organizarme. En cualquier caso, aprovecharé este instrumento terapéutico para irles contando no sólo mis reflexiones sino la jungla laboral en la que discurren mis días. Al final, me van a venir bien estos ratos de escritura.
A todo esto, me acabo de dar cuenta de que estoy plenamente metido en faena y ni siquiera he tenido la deferencia de presentarme ante ustedes; procedo a tal menester. Orozco, me llama la mayoría, Ramón, mis íntimos y familiares. Ramón Orozco Quesada, para servirles, es el nombre que figura en mi documento nacional de identidad. Tras varios años sobreviviendo en la capital, donde, a duras penas, culminé mi Licenciatura en Farmacia, busqué infructuosamente trabajo durante doce largos meses. De lo mío, nada. Además, en el pueblo, las farmacias abiertas tenían una tradición histórica y la saga de hijos, sobrinos y familiares que habían estudiado con la intención de seguir trabajando el negocio familiar impedían a los que nos encontrábamos fuera de esos círculos de influencia el acceso directo a un empleo en dichos establecimientos. Por tanto, ante las presiones, más o menos soterradas, y las sugerencias de mi familia, sucumbí a tanto estrés crónico y logré meter la cabeza en una empresa de producción y exportación hortofrutícola. Supongo que de algo sirvió mi formación aunque luego, con el devenir de los días, me he convertido en un trabajador polifacético y polifuncional -mi jefe dixit-, que hace de todo en nuestra empresa; PYME la llaman ahora los que saben de estas cosas. Ello, la diversidad de funciones, lejos de agobiarme, me ha permitido conocer a todos los compañeros -somos algo más de treinta personas-  y disfrutar de los cotilleos e intrahistoria que, como en cualquier entorno laboral que se precie, deambulan por estos lugares.
Empecemos con nuestro ya famoso "psicópata". Este personaje siniestro apareció un buen día por la empresa como especialista en el sector, recomendado vívamente por un amigo de nuestro anterior jefe, Don José. Éste, nuestro antiguo director, se encuentra ya retirado de la vida activa y disfrutando de una merecida jubilación tras un infarto que le hizo replantearse los años que le quedasen entre nosotros. A Manolo y a mí, ya perros viejos en esto de los "recursos humanos", no nos cayó bien este muchacho desde el principio. Aunque se esforzó por mostrar un rostro apacible, afable y humano durante los primeros meses tras el desembarco, el chaval tenía varias manías peligrosas. Entre ellas, una mala leche escalofriante (como decimos aquí, en el pueblo, más que un cochino matado a pellizcos) de la que empezó a regalarnos cumplidas muestras cuando su benefactor cedió la dirección a uno de sus hijos, otro personaje peculiar, del que ya hablaremos más adelante. El administrador hizo gala de una inteligencia peculiar, no todo el mérito hay que quitárselo. Su relación con el resto de trabajadores de la empresa se convirtió en mineral, petrificada y correosa. Si bien es cierto que en el trabajo nadie tiene por qué ir a buscar amistades, este hombre comenzó a granjearse una fama de chulo irredento y prepotente ante la totalidad de la plantilla, generando un profundo desconcierto en el ambiente. Se jactaba continuamente de su brillante curriculum: economista, con Master en una innombrable universidad australiana y con bagaje, así se vendía, polivalente y competitivo en varias empresas de diferentes sectores estratégicos. Lo mismo fabricaba ordenadores que tornillos, o vendía gasas esterilizadas y estaba acostumbrado a gestionar vete tú a saber qué historias empresariales. El caso es que todo lo hacía bien. Hasta ahí, nada raro ni fuera de lo común. Lo peor estaba por llegar. Cándido, nombre premonitorio, el hijo del jefe que heredó la dirección de la empresa, era un personaje débil e inexperto. Forjado bajo el paraguas y abrazo del oso de un líder nato, su padre, se limitó a vegetar a su sombra mientras se preparaba un exiguo curriculum vitae que justificase cualquier nombramiento futuro. El caso es que el "psicópata", hábil y escurridizo como una rata de cloaca, abdujo a Cándido cuando la sombra del padre desapareció de la empresa. Buen orador y excelente manipulador, se dedicó a tejer sus hábiles hilos en torno al cuerpo desmadejado y roto de Cándido, haciéndole creer en su inexistente valía y, paulatinamente, aislándole de cualquiera que le pudiese hacer ver  el magnífico traje a medida, tan vistoso y etéreo como el que portaba el emperador del cuento de Hans Christian Andersen, que le había confeccionado. Consecuentemente, Cándido se fue difuminando poco a poco y llegó a convertirse en un vaporoso personaje de humo que apenas aparecía por la empresa. No le hacía falta presentarse por allí tan a menudo, pensaba o le indujeron a pensar, ya que para la gobernación del negocio contaba con la fiel, esforzada e inestimable colaboración de su administrador. Éste, viéndose con absoluta libertad para sacar toda la podredumbre que tenía dentro, se deshizo de la máscara de plástico que exhibió durante los primeros meses y nos mostró a todos su delirante y deformado semblante. Modificó a su antojo, y sin conocimiento alguno del sector, protocolos y rutinas de trabajo con los proveedores que nos han hecho perder mucho dinero últimamente. Camuflaba hábilmente esas pérdidas como un necesario "coste de oportunidad" que nos permitiría desarrollar nuevas líneas de inversión y mayores beneficios en el futuro. Bonitas palabras que a casi nadie, a excepción de Cándido, engañaban...

Pero, me doy cuenta, de que les estoy cansando. Seguiremos hablando de este particular y curioso personaje más adelante. Ahora tengo que irme a trabajar, que todo es preciso. Dejo mi diario con una anotación para seguirlo por aquí en cuanto me sea posible.


"Personajes pintorescos que nos muestran descarnadamente la realidad humana con la que nos enfrentamos en nuestros entornos laborales" 


@WilliamBasker

3 comentarios:

Eva Mercader dijo...

Hola Sr. Basker. Me encantó esta primera entrega del diario. Veo muchas similitudes entre esa vida y la mía propia. Ya había leído entregas sueltas pero ahora quiero leerlo en orden, de principio a fin.
Besotes.

Azahara Casanova dijo...

Jajaja. +juantobe1. De estos personajillos creo que todos tenemos alguno cerca. Me he reído un montón leyéndolo.

JOSE LUIS PACHECO DIAZ dijo...

Los personajes que vas dibujando enganchan al lector. Saludos.