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20 diciembre 2014

Diario de un perfecto imbécil (3): entre brujas, hechiceras y calderos anda el juego.

A pesar de caer rendido en el sillón, esta noche me encuentro especialmente lúcido y contento. El día en el trabajo ha sido un tanto exuberante y cansino pero a mi larga jornada he tenido que añadir la visita a mi terapeuta, Pepa. La señora, una profesional admirable -sobre todo por tener que aguantar a tarados como yo- me ha dado muchos ánimos. Dice que mi proceso evolutivo marcha realmente bien; si ella lo dice, sus razones tendrá. Se basa para emitir dicho juicio clínico en que los aspectos más turbulentos de mi psique están comenzando a fluir y su dinámica de afloramiento descarnado a la consciencia no ha hecho más que empezar. Según ella, el estrés crónico que padezco, y que está en la base de mi brutal reactividad, tiene visos de entrar en una fase de remisión. Traducido lo anterior, en román paladino, me viene a decir que estoy un poco mejor porque escribo las barbaridades y recuerdos que se me pasan por la cabeza sin pararme a pensarlo dos veces. Si además de poner el cuaderno, bolígrafo y la creatividad que le estoy poniendo al asunto, añado los setenta euros que me cuesta cada sesión, me saldría más barata una juerga con Manolo, pero carezco de los rudimentos científicos básicos de la psicología que me permitan valorar adecuadamente esta circunstancia por lo que, a buen seguro, no estoy dimensionando adecuadamente los beneficios que, a medio-largo plazo, me puede aportar el marco de actuación psicoterapéutica. Como podrán ver, de aquí a padecer el Síndrome de Estocolmo sólo tengo que trasvasar una finísima línea roja, se lo digo yo. En fin, lo importante es que me está sirviendo esta técnica; la terapeuta está contenta y mi mujer también. Ella, desligada de subterfugios técnicos o rebuscados usos terminológicos, me pellizca la mejilla con cariño y me dice, sencillamente, : "Cari, te noto un poco menos bruto de lo habitual"; lo que, al tiempo de llenarme de gozo, corrabora y triangula el diagnóstico de mi terapeuta. Todo esto lo escribo porque me ronda la cabeza, no por cansarles. En este sentido, sigo al pie de la letra las órdenes y recomendaciones de Pepa cuando me decía: "Ramón, se trata de una especie de brainstorming; escribe todo, absolutamente todo, lo que se te pase por la cabeza cuando te pongas con el diario...".
No se podrán quejar; les mantengo al día de mis diatribas psicológicas. Volviendo a la redacción pura y dura, quiero seguir hablándoles del bestiario tan particular que habita mi entorno laboral. Me gustaría presentarles a un personaje muy peculiar. Su nombre es Isabel, "Isabelita" para sus íntimas, y "troglodita" o "el eslabón perdido" -la doctrina especializada en este asunto no es pacífica a este respecto- para sus víctimas y detractores, entre los que me incluyo de manera enfervorecida. Este especimen, visualizarán ya el afecto que le profeso, es una focaburra de especial peligrosidad social. A sus andares simiescos, de ahí el apodo afectuoso que entronca con nuestra prehistoria más remota, hay que añadir su odio africano a todo lo que suponga una amenaza hacia su estatus personal. Dicen las malas lenguas que el andar renqueante y sinuoso con que se desplaza por las instalaciones puede ser debido a un problema crónico de hemorroides. Si me preguntan  por su etiología me atrevo a sugerir que puede estar ocasionado, sin lugar a dudas, por la bilis acumulada en ese cuerpo serrano. Esta señora tiene su miga, como les contaré a continuación. La buena Isabelita consiguió colarse por la escuadra en las últimas semanas del reinado de nuestro añorado Don José. Encontrándose el hombre especialmente ajetreado, buscó entre la plantilla alguna persona con la que reforzar su secretaría. Tras amenazas nada veladas del "eslabón perdido" a otras compañeras de mejor valía intelectual y profesional -una de ellas se llevó varias semanas de baja con una depresión de caballo-, fue la única "voluntaria" que se ofreció al director para ayudarle en lo que fuera preciso. Don José, que de tonto no tenía un pelo pero que se encontraba en un momento difícil de gestión administrativa y papeleo, la aceptó a regañadientes porque la buena señora, aunque era inteligente y bien dispuesta, ya había mostrado sus malas artes en el ámbito de las relaciones humanas a lo largo de los últimos años y al director, recordemos, no se le escapaba ni un suspiro en lo que se refería al conocimiento de su personal. Mostrando una disposición angelical y servil, consiguió hacerse un hueco en esa estructura administrativa, laminando a una buena profesional, aunque con carácter muy débil, hasta el punto de que ésta se planteó cambiar de empresa o contratar a unos sicarios colombianos para que apañasen a la "troglodita"; hasta ese punto de tensión llegaron. El caso es que poco después sobrevino el infarto del director. Hombre de mundo, con especial predilección por los habanos Montecristo y el buen coñac, no hacía ascos a ninguna ocasión que se le presentara para castigarse con un buen almuerzo. Aunque se lo había advertido su médico tras la última revisión, su ritmo de vida siguió rulando por esos derroteros pantagruélicos. Un buen día, infausto para él, nos enteramos que le había dado un síncope, que luego se convirtió en un infarto. El caso es que se pudo salvar de milagro. Tras varios días en el hospital pudo volver a su casa para recuperarse del accidente vascular. El caso es que, inteligente como era, decidió que le gustaba demasiado vivir y que los últimos años que le quedasen en la tierra los iba a disfrutar de manera plena, como que se llamaba José. Por tanto, decidió alejarse del ámbito laboral, ya que las rentas de las que disfrutaba le permitían ese lujo y optó por ceder -el muchacho diría que fue obligado bajo amenaza de quedarse sólo con la parte de la herencia de menor calado, la legítima estricta- el mando a su hijo Cándido. El primogénito de su estirpe, un vago redomado y bon vivant confeso, no tuvo más remedio que apechugar si no quería perder la parte del león de la anhelada herencia.

El caso es que Isabel se encontró, de repente, cómodamente ubicada en la secretaría de la dirección. Ante el súbito cambio que supuso la incorporación de Cándido, se hizo la imprescindible ante él y comenzó a ejercer un control desmedido sobre toda la gestión de la empresa. Ejerció sus malas artes para despachar a sus potenciales rivales y consiguió, incluso, que mi buen amigo Manolo se diese por vencido. Creo que no lo he contado hasta el momento, pero el caso es que Manolo ocupaba un puesto de gran responsabilidad bajo el mandato del anterior director. Hombre prudente y dispuesto, se había ganado la confianza de Don José y ejercía no sólo de gestor, sino de consejero personal. Ante la nueva situación sobrevenida tras la incorporación de Cándido, Manolo comenzó a darse cuenta de que sobraba en el marco directivo del nuevo orden establecido. Con diplomacia y honestidad, presentó su renuncia al puesto de administrador y retornó a la plaza que ocupaba originariamente antes de su ascenso. Los derroteros que iba adquiriendo la empresa chocaban en demasía con su ética personal y deontología profesional. Para mayor escarnio, la presencia del "eslabón perdido" como figurante de honor en todos los momentos decisivos exacerbaba su natural bonhomía hasta niveles exasperantes. Aunque no tiene pruebas fehacientes de ello, sospecha que la señora Isabel se despachó a gusto con posterioridad a su renuncia y lo puso a parir repetidas veces ante el nuevo director, contándole una sarta de infamias absolutamente infundabas que adornaba con gracejo y soltura. Envidiosa hasta la náusea, nunca superó que Manolo la pusiera en su sitio más de una vez durante las pocas semanas que coincidieron y le dejase claro que el papel que ocupaba no le permitía jugar al nivel que su ambición desmedida le demandaba. Como una correosa cortesana medieval, jugaba a controlar toda la información relevante que debía llegar a la dirección, ocultando alguna y manipulando otra a su conveniencia, al tiempo que ejercía despóticamente un poder que nunca le había sido otorgado oficialmente. Durante ese breve interregno sin administrador, Isabelita se transmutó en secretaria personal del director y su ego creció hasta niveles desmesurados. Sin lugar a dudas, el salto olímpico que había realizado desde un oscuro puesto auxiliar hasta la alta dirección la había enajenado definitivamente. Una vez estabilizada en su trono, se dedicó a sistematizar las prácticas de acoso encubierto que con anterioridad sólo había esbozado tímidamente.

Con la aquiescencia del director, consiguió defenestrar a dos de sus antiguas compañeras que, por su profesionalidad y solvencia, podrían hacerle sombra. Las machacó inmisericordemente exprimiéndolas hasta niveles infrahumanos, todo ello en la penumbra del silencio más cobarde y opresivo. Aunque el resto de la plantilla intuía una mala relación entre ellas, nadie se percató de la presión brutal que llegó a ejercer la troglodita sobre nuestras compañeras hasta que fue demasiado tarde. Un buen día, ambas fueron despedidas con el absurdo pretexto de falta de rendimiento y deslealtad hacia la dirección. Sí, el término desleal era muy frecuente en la jerga camorrista de estos cobardes chapuceros. Las chicas desaparecieron de la escena y nunca más se supo del asunto. Las dos nuevas muescas en el revólver de Isabelita acentuaron su mueca de hiena sedienta de sangre fresca. Estaba claro que sus escrúpulos, si es que alguna vez los tuvo, habían desaparecido como por ensalmo tras sus últimas tropelías.
La incorporación del nuevo administrador minimizó un poco los poderes de esta señora. No obstante, pronto se dieron cuenta ambos de que estaban hechos el uno para el otro y constituyeron un tandem bien engrasado de buitres carroñeros ávidos de presas indefensas a las que rematar. Comprendieron que podían coexistir apaciblemente en una simbiosis cómoda ya que había pastel suficiente para repartir entre ambos y colmar sus ambiciones. 

La buena señora tenía una memoria prodigiosa en la que retenía, por un espacio de años inclusive, la menor ofensa o desconsideración que, a su juicio, le hubiesen prodigado sus compañeros. Eso, unido a la feroz mala leche que gastaba, la hacían extremadamente peligrosa ya que devolvía las bofetadas con intereses desmesurados. Recuerdo una bronca que se desarrolló en un despacho adyacente al que yo ocupaba. Ella y Javier tuvieron un encontronazo leve debido a unos documentos que, supuestamente, no habían sido terminados en la fecha exigida. Pues bien, la troglodita, ni corta ni perezosa, le espetó a este hombre que la estaba acosando desde hacía seis años, nada menos. La explicación abundaba en el hecho que, supuestamente, dio origen a dicha conducta de ataque por parte de Javier. Se remontó Isabelita a un café que éste, sin querer, le derramó en aquella época sobre el vestido. Javier, evidentemente, ni recordaba aquella anécdota ni tampoco le había generado mayor incomodidad personal. Lo grave del caso era la justificación que ella aducía y el rencor que había sobrevivido a muchos encuentros laborales aparentemente normalizados. Si era capaz de montar aquel pollo por esa nimiedad, era capaz de cosas mucho peores.

En sus desmanes diversos se arropabacon  la compañía de dos aliadas. Puri y Encarna, dos compañeras que no tenían dos luces pero que siempre le seguían la corriente. Aunque la líder de cualquier conspiración era, evidentemente, la troglodita, con su aquiescencia y colaboración estas dos colaboradoras necesarias contribuyeron a fastidiar el ánimo de muchos buenos trabajadores. Conspiraban, por así decirlo, por el mero placer de buscarle tres pies al gato. Daba igual que no existiera justificación para sus desmanes; la inventaban. Buscaban a personas más débiles o menos asertivas, desde el convencimiento de que podrían domeñarlas con mayor facilidad. Referirnos a su comportamiento etológico como el de hienas salvajes no sería descabellado. Se empeñaron en fastidiar a un joven becario que apareció cierto día por la empresa, aprovechándose de su docilidad y buen talante. Afortunadamente, la hábil mediación de Manolo les desbarató el plan que habían urdido y se dieron de bruces con la autoridad moral de mi amigo que, aunque había dejado el cargo, tenía el respeto y la consideración de todos los compañeros. Él sabía que no le perdonarían su intervención pero, aún así, no permitió que las tres brujas que jugaban a hechiceras -a pesar de los afeites y perfumes no conseguían hechizar ni al más cegato de los varones que pululaban por allí- se salieran esta vez con la suya.
Lo he mencionado varias veces y creo que merece que se los presente con mayor profundidad de matices. En la próxima entrega prometo hablarles de mi buen amigo Manolo.

Continuará...


"Malas artes y hechizos maléficos como herramientas para medrar en determinados entornos cuando la valía personal es inexistente". 





@WilliamBasker









1 comentario:

Soraya Trinidad dijo...

Enhorabuena, me encanta el BLOG.

Tengo algo para Ramón y Manolo...

"Seres sin alma que viven en la oscura noche de la envidia, se refugian en sus temores e inseguridades para conseguir atemorizar la mente humana, inducirla a desconfiar de su propio juicio y aceptar implícitamente el de otros. Sobrevuelan con su escoba entornos laborales, hasta que hacen de ese refugio su castillo. Hechiceras de palabras, capaces de arrancar el corazón si sienten la amenaza. Invocan a través de sus palabras y acciones, encienden el caldero y dentro de la olla…
Ojos de delatador, lengua de serpiente, raíces de talento ajeno, esencia de espíritus creativos, agujeros de autoestima, tres puñados grandes de ausencia de escrúpulos y una pizca de poder.
Removido constantemente, hasta impregnar de malas influencias el entorno y envenenar la existencia".

Yo también las veo, son reales.