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02 diciembre 2014

La Reina de Corazones: de la realidad a la ficción o viceversa.


Tras varias cervezas, chocos, gambas, chicharrones y algo de surtido ibérico, junto con las reflexiones que acompañaron el pequeño ágape que compartimos un sábado al mediodía, mi amigo comenzó a recuperarse anímicamente del bajón en el que andaba sumido en las últimas semanas. Me contaba, al comienzo de nuestra conversación, que "estaba hasta el gorro" de su jefa directa; una persona pueril, desconsiderada, hosca, superficial en el trato y profundamente desconfiada. Además, coronaba su disertación afirmando que aunque no se lo merecía, vivía como una reinona. No llegó a concluir que le habían regalado el puesto pero podríamos decir, a tenor de sus palabras, que su pensamiento deambulaba por esos derroteros. Tras escucharle con atención y hacerle varias preguntas le corregí amablemente y le dije que el perfil psicológico de esta persona no encajaba tanto con el de reinona como con el de reina. Ante su estupor inicial al oír estas palabras, le ofrecí a continuación mi particular análisis que, mire usted por dónde, llegó a convencerle plenamente. Por si os sirviera la reflexión, os cuento de qué va la pequeña historia de nuestra reina, la "Reina de Corazones"...
Como en casi todas las casas reales, este personaje llegó a reinar habiéndose criado entre algodones. Su padre, el anterior rey, no lo hizo especialmente mal; fue incluso respetado en el reino y entre las monarquías vecinas. No olvidemos que se trataba de la primera generación de una monarquía que, con el tiempo, devino hereditaria. Por tanto, a la criaturita -nuestra reina- no le costó trabajo ni esfuerzo desempeñar los pocos puestos que ocupó, dentro de la nobleza, claro está, porque siempre se movió bajo el paraguas protector de su progenitor. Estas circunstancias le forjaron el carácter -léase aquí, "deformaron"- y en su caso particular, inevitablemente, se convirtió en una persona insegura, ya que nunca aprendió a tomar decisiones por sí misma, prepotente, el trato que dispensaba a los colaboradores y subordinados era profundamente desconsiderado, e hipócrita, ya que aprendió por ósmosis lo peor de la vida cortesana: a manipular y usar su encanto para mantenerse en la corte. En suma, no forjó el carácter de un verdadero líder o dirigente que ha sufrido y metabolizado lo indecible para llegar a la cúspide sino que arribó, a través de la senda oscura y simple del nepotismo, un buen día a tan alta magistratura.
Lewis Carroll -pseudónimo de Charles Lutwidge Dogson- fue un hombre polifacético y con grandes inquietudes intelectuales. A sus facetas de fotógrafo, matemático, lógico y diácono de la iglesia anglicana unió la de escritor. Nos legó, entre otras, una obra encantadora, Alicia en el país de las maravillas. Uno de los personajes a los que retrató es la Reina de Corazones, basándose en el naipe homónimo de la baraja francesa. La describe como un personaje descarnado, de mal genio y con la costumbre de condenar a la pena de muerte, por decapitación, a los súbditos que, a su juicio, así lo merecían. Todas las dificultades las resolvía de ese modo, fuesen grandes, medianas o pequeñas. Sin paliativos ni anestesia, ordenaba una ejecución inmediata con el grito salvaje de: "¡Que le corten la cabeza!".
Como curiosidad, habría que decir que la mayoría de los condenados a la pena máxima no eran decapitados ya que el Rey de Corazones indultaba a un gran número de los súbditos a espaldas de la reina. Como podemos ver, ni en su  entorno más íntimo le daban la mínima credibilidad. Como broche literario final, diremos que cuando se celebra el juicio contra la Sota de Corazones, la reina condena a Alicia y nos muestra un singular enfoque para la administración de la justicia, esto es, dictar la sentencia antes del veredicto. Un dislate tras otro, como estamos viendo.
Mi buen amigo, a todo esto, había comenzado a tomar notas apresuradas en las servilletas de la mesa. Parece ser que el análisis le interesaba, a juzgar por las cuatro que había emborronado hasta el momento. Interpreté dicha conducta como muestra de asentimiento -al menos, no le estaba aburriendo- y proseguí mi disertación improvisada intentando encajar el perfil psicológico de su problema -esto es, su jefa-, el personaje literario de Lewis Carrol y, por dotar al encuentro de cierto cariz científico, los rasgos psicopatológicos que ambos personajes, el real y el de ficción, parecían compartir. "Presta ahora mucha atención, le dije...".
El gobierno despótico que ejerce la Reina de Corazones en el País de las Maravillas es consustancial a los rasgos narcisistas de su carácter. Aunque pretenda aparecer como flexible y atenta (me refería aquí a su amada jefa porque la Reina del Cuore carrolliano era seca como el esparto), su estructura caracteriológica es profundamente rígida y esclerotizada. Sus esquemas cognitivos y actitudinales han adquirido rasgos correosos e inflexibles porque su bagaje vital, humano y profesional es insuficiente para afrontar la complejidad de los asuntos con los que tiene que enfrentarse en su día a día corporativo. Simple y llanamente, no ha podido aprenderlo todo porque no ha vivido ni experimentado en su devenir cotidiano a lo largo de la organización un porcentaje relevante de las casuísticas necesarias para tener una visión profunda del conjunto. Consecuentemente, como parte de una inseguridad basal, que le genera una gran incomodidad en sus interacciones públicas, se enroca en una posición de rigidez que pretende proyectar, sin serlo, como autoridad y firme criterio.
Otro de los rasgos compartidos por ambas "reinas" es su carácter controlador. Enlaza con el anteriormente referido y tiene como elementos característicos el cambio de humor repentino y la búsqueda, ad nauseam, de elogios entre sus acólitos y colaboradores.

En ese momento, mi amigo -que ya iba por la octava servilleta- levantó el bolígrafo y me confirmó que su jefa casaba perfectamente con los dos últimos rasgos que le había comentado. Me refirió que era absolutamente habitual en ella pasar del éxtasis y paroxismo al cabreo más brutal en cuestión de segundos, sin aparente justificación y dejando in albis a sus colaboradores más cercanos porque no tenían nunca un criterio medianamente firme al que adherirse para funcionar con eficacia. Uno podía fallar por exceso o defecto en la gestión de un asunto que la semana pasada, sin ir más lejos, se había resuelto de otra manera. No tenía, la reina, criterios sino raptos de enajenación transitorios que desvelaban abruptamente su naturaleza pueril y caprichosa. Seguí comentando con mi amigo al hilo de sus reflexiones...
Tampoco es infrecuente que los narcisistas envíen frecuentes señales a los que le rodean cuando éstos parecen no prestarles la atención que creen que merecen. Como sus necesidades, a su patológico juicio, no están siendo atendidas como es debido por sus súbditos, acólitos o servidores, manipulan de esa forma a terceros inventándose cualquier excusa que haga que el resto comience a sentirse mal por él. Destroza la felicidad o paz laboral de su entorno y la transmuta en penumbra, la misma que inunda su alma.
¡Impresionante!, me gritó mi amigo. Al camarero casi le da un soponcio en esos momentos, que pasaba a nuestro lado con la bandeja alzada llevando varias consumiciones. Tras pedirle amablemente a mi amigo que se explicara me dijo que ésa, la continua queja hipocondríaca, era una de las características más acusadas de su jefa. Siempre los tenía en vilo y no les dejaba vivir. A juzgar por las dolencias, reales o imaginarias, que les contaba cada día, hubiese tenido que ingresar en el hospital cada semana. Además, colateralmente, conseguía que sus acólitos y colaboradores le preguntasen a menudo sobre la última dolencia sacada a la palestra. Curiosamente, a veces ni se acordaba de que le hubiese dolido o, simplemente, respondía con evasivas. Seguí explicándole...

No es nada infrecuente que en la historia del trastorno o problema narcisista, la biografía personal del sujeto esté repleta de lagunas que no han sido cubiertas por sus progenitores ni otros agentes familiares. En concreto, se encuentra fácilmente la falta de reconocimiento e importancia hacia sus logros. En ese contexto, los más hábiles, al quedar completamente frustrados e intentar solucionar el problema, generan estrategias muy diversas para conseguir acaparar la atención de su entorno y, de ese modo, cubrir sus necesidades básicas de afecto, reconocimiento y comprensión. Lo normal, a la larga, es que las estrategias de manipulación que emplean con los demás sean descubiertas y rechazadas, encontrándose su historia vital repleta de fracasos y de personas que han huído de su cercanía porque eran altamente tóxicas.
Terminamos ese rato de esparcimiento charlando de otros temas e intereses comunes. Nos despedimos como siempre, emplazándonos para vernos en pocas semanas. Al mes siguiente, cuando nos encontramos de nuevo, su cara transmitía serenidad y no existía rastro alguno de la pesadumbre que nos había llevado a comentar lo que he referido en las líneas precedentes. 
Ah, se me olvidaba, mi amigo dejó a su jefa con la corte medieval de los milagros que la acompañaban y retornó a su anterior puesto de trabajo, volviendo a disfrutar de una paz interior que le había sido sustraída durante demasiado tiempo y contando con el respeto de sus compañeros. Pasó página y aprendió de la experiencia de convivir con la caterva de personajes siniestros que, a poco que se hubiese despistado un poco, lo habrían sumido en un pozo de negrura y desesperación.

"La incidencia de los rasgos de la personalidad enajenada en la gestión directiva de entornos laborales; un mundo a explorar". 

@WilliamBasker








4 comentarios:

oxýs morós dijo...

“Qué extraño, dondequiera que fijo los ojos, estos siempre ven las cosas desde mi punto de vista”, Ashleigh Brilliant, Pensamientos, 1985.

Realmente la cita anterior es magistral. Somos lo que pensamos, lo que sentimos, lo que deseamos, los conflictos que resolvemos, el tiempo que vamos perdiendo y el que logramos conquistar. A su vez, ello implica ser lo que decimos y callamos, lo que hacemos sentir a los demás (positivo y negativo) y en última instancia, la forma en que proyectamos nuestros valores, experiencias y creencias.

Desde que en 1575 viera la luz la primera edición de “Examen de ingenios para las ciencias” de Juan Huarte de San Juan, mucho ha llovido y mucho ha sido lo que se ha referido en materia de Psicología Industrial, Prevención de Riesgos Laborales, Ergonomía y Seguridad e Higiene en el Trabajo. En su portada reza lo siguiente:

“Examen de ingenios para las ciencias. En ella el lector hallará la manera de su ingenio para escoger la ciencia en que más ha de aprovechar. Y la diferencia de habilidades que hay en los hombres (qué diría si escuchara que de un tiempo a esta parte se dice miembros y miembras, poco menos que caería patidifuso después del shock auditivo) y el género de letras y artes que a cada uno responde en particular”.

Tanto ha sido lo que se ha escrito que corremos el riesgo de agotar el legado mitológico con tanto síndrome administrativo. No es cuestión de hacer de mi respuesta un plan de evaluación de riesgos psicosociales en la obra de Alicia, aunque es curioso, hasta leer este post no había imaginado releer la obra buscando un plan de evacuación, añadiendo extintores, señalizaciones de peligro y dotando a Alicia de Equipos de Protección Individual para salir ilesa de su aventura onírica, así como, encontrar explicación a los comportamientos de alguno de sus personajes que no eran más que personajes de la época con todas sus virtudes y defectos.

Lo mismo, la soberana regente de la época -la Reina Victoria- y alguno de sus asistentes, adolecían de alguno de estos síndromes:

Síndrome de Cronos o acción deliberada de un supervisor de estancar a su personal por temor a ser desplazado o sustituido, evitando el crecimiento de sus subordinados en el área donde él ejerce su poder o lo posee.

Síndrome Challenger que más o menos viene a ser el de tirar balones fuera en caso de haber tomado decisiones erróneas sin tener en cuenta la participación de los subordinados.

Síndrome de Estocolmo Laboral, manifestado por conductas de apego y vinculación psico-emocional de algunos individuos cuando el estilo de dirección y las condiciones de trabajo no son del todo favorables.

Síndrome de Anát para aquellos cuyo "modus operandi" deliberado y consciente es el de presentar como propias, ante superiores o en escenarios deseados, sugerencias o iniciativas de terceros presentándolas como propias fruto de la necesidad de reconocimiento y fortalecimiento de la propia imagen.

Puede que la diferencia entre administrar personal ejerciendo poder y gestionar personal con la merecida autoridad, únicamente resida en la diferencia que existe entre hacer de jefe y ser líder. No todos los directivos son líderes pero sí todos los líderes son buenos directivos. Desde hace siglos se viene estudiando la necesidad de adecuar las capacidades personales con las funciones laborales a desempeñar. Parece que aún queda mucho por hacer y mejorar aunque en lo que a herencias se refiere... sólo podemos esperar a tener suerte.

El artículo me ha encantado de principio a fin. Me alegro por tu amigo, consiguió igual que Alicia salir victorioso de la carrera de obstáculos donde tropezó dándose de frente con la rutina, las prisas, la lógica racional, las crisis internas y una serie de acertijos que resolvió sin mayores complicaciones gracias a su curiosidad e inteligencia.

Un saludo.

Eva Mercader dijo...

Vaya, vaya, vaya con La Reina de Corazones. ¡Y yo que creía saberlo todo sobre este personaje! Si resulta que es hasta el paradigma de un trastorno de la personalidad. Me has dejado como a tu amigo: completamente fascinada. Leer este post ha sido muy revelador para mí también porque pasé exactamente por lo mismo con otra Reina de Corazones (una de las peores experiencias de mi vida). Desafortunadamente, yo no pude huir a tiempo y la susodicha reina acabó conmigo, casi literalmente. Una durísima experiencia que no le deseo a nadie. Me costó la salud y casi la propia vida.
Mi gran error fue ser la mejor amiga de La Reina de Corazones y estar completamente cegada por su falso fulgor. Si ella brillaba no era por méritos propios, sino porque nosotros la hacíamos relucir para tenerla contenta y no ser su próxima víctima. "¡Sí, su Real Majestad!"- como diría Alicia.
Por fortuna todo aquello va quedando atrás, aunque la muy puñetera aún me persigue en sueños y en los días de bajón. Ojalá hubiese comprendido antes que Las Reinas de Corazones son muy torpes y mediocres, y que intentan disimularlo apropiándose del mérito ajeno y evitando que nadie nunca esté nunca por encima de ella. En caso contrario: "¡Que le corten la cabeza!"
Estoy impresionada. Un fuerte abrazo, amigo.

juantobe1 dijo...

Amiga Eva, ¡cuánta verdad encierran tus palabras! En primer lugar, me alegra saber que te gustó el relato. Este personaje, novelado en mi relato como un arquetipo, es alguien que se da con relativa frecuencia en muchos contextos profesionales y corporativos. Los que han/hemos tenido la desgracia (o la suerte, por aquello de inmunizarnos) de compartir tiempo con ellos sabemos que son grandes aduladores, manipuladores y brutales tiranos.
Gracias por tus palabras.
Un fuerte abrazo, amiga.

Pedro Fabelo dijo...

Magnífica disertación. amigo juantobe. No has dejado títere con cabeza. Vaya, ¿no será tú la "Reina de Corazones", verdad? Jajaja. No, en serio. Hay mucho cafre por ahí suelto a los que se les da excesivo poder y demasiada atención; mucho déspota que andan pidiendo a gritos que alguien los ponga en su sitio y que los baje de su nube de soberbia y engreimiento. Cuando se les pierde el miedo a este tipo de "personas", ellos son los primeros en darse cuenta de que, en el fondo, no son nada.

Hace tiempo que tenía este relato tuyo pendiente de lectura. Pero, entre unas cosas y otras, iba postergando el momento hasta mejor ocasión. Hasta que hoy me he dicho: "De hoy no pasa". Y me alegro de haberlo hecho.

Un abrazo, juantobe. : )