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20 enero 2015

CSI, reflexiones sobre la buena gobernación de las organizaciones (5ª parte)



Tras el "mano a mano" que tuvo lugar entre nuestros dos compañeros, Pepa y Paco, todos estuvimos de acuerdo en seguir avanzando a través de nuestras reflexiones en clave positiva, poniendo sobre la mesa ejemplos de buenas prácticas que pusieran en valor el adecuado ejercicio del liderazgo. Pepa, que estaba inspirada ese día, quiso regalarnos un ejemplo de lo anterior ya que tomó la palabra -en realidad, no la había dejado- para ilustrarnos al respecto. La última vez que nos contó una historia, como recordarán, rememoraba la figura de un político local que gracias a sus "habilidades sociales" había conseguido escalar, peldaño a peldaño, la escabrosa carrera de la meritocracia política. Antes de que comenzara con el nuevo relato le preguntamos si tenía noticias de aquel hombre. De manera telegráfica nos comentó que lo último que sabía de él es que había entrado recientemente en prisión tras una condena ejemplarizante por corrupción urbanística, ni más ni menos. Le esperaban varios años de reflexión profunda entre rejas. A tenor de lo que nos contó aquel día sobre su perfil personal, el desenlace carcelario parecía la crónica de un desastre anunciado. Sin más dilación, dejamos ese tema aparcado para ocuparnos del que nos interesaba en estos momentos.

Tuve la suerte, comenzó su intervención, de trabajar con una persona admirable, en todos los sentidos. Juan Pedro, así se llamaba, no sólo ejercía una dirección humana y compatible con los requerimientos y trámites burocráticos que estaban a su cargo sino que era un líder nato. Él siempre aclaraba, cuando se le alababan sus virtudes y cualidades "genéticas" para la dirección, que de joven era más bien torpe y que la mayoría de las habilidades que pudiese desplegar en la actualidad eran fruto básicamente de su experiencia, de los palos que había recibido a lo largo de los años y de su tránsito por varios departamentos de la administración en la que trabajaba. No hay mejor escuela, sentenciaba, que la reflexión sobre el trabajo realizado y la incorporación de mejoras a partir del análisis efectuado; si todo esto se hace en equipo, mucho mejor.

El caso es que Juan Pedro, prosiguió Pepa, animaba continuamente a sus colaboradores y subordinados a buscar nuevas ideas y formas de hacer las cosas, tanto fuera como dentro de su departamento. Desde esa perspectiva de amplio espectro, facilitaba la aparición de un entorno agradable y, al mismo tiempo, propiciaba que las mejores ideas aportadas por todos en ese proceso continuo de búsqueda y mejora fuesen puestas en marcha -implementadas, que dirían los informáticos- de manera activa y decidida. De esta forma, se reforzaba la búsqueda de nuevos métodos de trabajo ya que todo el personal a su cargo sabía que si las ideas aportadas implicaban cualquier mejora significativa con relación al modus operandi anterior, serían activadas con carácter inmediato. Consiguió que todos los que trabajábamos con él nos sintiéramos útiles, no meras correas de transmisión, y verdaderos agentes de cambio y mejora. Ni que decir tiene que la productividad, medida en función de los expedientes y asuntos tramitados, mejoró espectacularmente sin necesidad de incorporar incentivos económicos o tangibles. El clima de trabajo logrado durante aquellos años fue francamente bueno y he de comentaros que conservo muchas amistades de aquel entonces.

Sus técnicas de motivación innovadoras y manera de gestionar las relaciones humanas constituían los ingredientes fundamentales de su éxito profesional. Por supuesto, dicha manera de trabajar despertaba recelos y, por qué no decirlo, envidias en otros jefes de análogo rango al de nuestro hombre. Pero esa circunstancia no amilanó nunca a Juan Pedro y, respetuoso con sus colaboradores, siguió avanzando en la senda que creía acertada. Algunos de esos envidiosos que cuestionaban sus métodos eran tan pobres que sólo tenían dinero o prebendas que repartir entre sus subordinados, ya que sería demasiado pretencioso denominar al personal que trabajaba con ellos "colaboradores".

Juan Pedro hablaba con frecuencia de la necesidad de crear y potenciar una cultura del aprendizaje y hacía todo lo que estaba en sus manos para intentar desarrollarla. Como los buenos líderes, se implicaba activa y profundamente en la creación de la cultura de la organización; no se dejaba mecer indolentemente al azar o albur que deparase cada jornada o situación sobrevenida. En su opinión, todos teníamos que aprender y compartir el conocimiento, independientemente del rincón o espacio en que se encontrase cada uno dentro de la estructura de funcionamiento. La rigidez excesiva en el trato personal y profesional levanta serias barreras que impiden el desarrollo de un buen clima laboral. Las sinergias que encontramos en el desarrollo de nuestro trabajo rompieron las barreras absolutamente escleróticas de muchas rutinas, produciendo más y mejor; todo ello, no lo olvidemos, en beneficio de los ciudadanos y contribuyentes. 


Como primera reflexión, a posteriori, sobre aquella experiencia laboral, tendría que aportaros que la calidad de una idea no depende, al hilo del contexto descrito hasta el momento, de su altitud o escala jerárquica de la que emana. Antes bien, una buena idea puede tener su origen a partir de cualquier recurso o persona. Por tanto, lo razonable en este contexto es generar un proceso de búsqueda continua de ideas, no dejando piedra por levantar ni mesa por remover. Deberíamos compartir lo que sabemos con otros y, en contrapartida, escucharles y llegar a conocer lo que otros tienen que aportarnos.
La ventaja competitiva de cualquier corporación, departamento u organización deviene de su capacidad para aprender y transferir ese aprendizaje en todas las ocasiones y a todos los potencialmente interesados. Además, esto hay que hacerlo rápidamente, sin demora. Se trata de una cadena muy sutil donde el esfuerzo y voluntad de mejora tienen que ser conocidos, comprendidos y valorados. A menos que las ideas procesadas tengan un buen proceso de implementación, éstas tendrán un mínimo impacto y, lo que es peor, desanimarán a todos los potenciales agentes de intervención a crear o buscar nuevas ideas alternativas ya que, como todo seguiría igual, no merece la pena tomarse el tiempo ni molestarse en buscar diferentes opciones.

Juan Pedro solía decir a otros, y lo aplicaba a sí mismo, que había que mantenerse continuamente en la senda del aprendizaje y evitar, por todos los medios a tu alcance, la arrogancia. No podemos suponer que conocemos todos los elementos de una situación ni que poseemos la receta que, de manera continua y garantista, nos facilitará el trabajo. Siempre hay que asumir que podemos aprender cosas muy valiosas de los demás, sean estos colegas, colaboradores o, llegado el caso, incluso competidores; especialmente si se trata de estos últimos.

Pepa asumió esa filosofía de trabajo, que impregnó sus primeros años colaborando con Juan Pedro, y nos trasladaba que ella se encontraba siempre en disposición de otear de manera permanente el horizonte, en la búsqueda continua de buenas y nuevas ideas. Decía, sin asomo de sarcasmo, que copiaba y se apropiaba de todo aquello que consideraba bueno para sus intereses laborales. Le llamaba a esa operación "plagio legítimo", entendiendo que copiar a los mejores para, a su vez, mejorar era la mejor manera de aprender continuamente y de perfeccionar los fallos y errores cometidos en el día a día.

Tras lo comentado por nuestra amiga, se inició un interesante debate colectivo entre todos los miembros del Think Tank que permitió arrojar mucha luz sobre las características del buen liderazgo, al menos sobre alguna de ellas. Afortunadamente, todos habíamos tenido la oportunidad de coincidir con personas cuyo espíritu, vocación y voluntad de servicio engrandecían el puesto o cargo que ocupaban. No todo iba a ser una pléyade infumable de macarras que pretendían vampirizar a las personas y a las organizaciones con el único fin de obtener del exterior, sin aportar ni una pizca de trabajo y esfuerzo personal, la savia vital que necesitaban para alimentar artificialmente su alicaído ego.

Seguiremos reflexionando sobre estos temas en otro momento...


"La creación de una cultura del aprendizaje constituye una labor inherente e insoslayable del buen liderazgo."

@WilliamBasker 








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