Mi biblioteca

13 enero 2015

Diario de un perfecto imbécil (7): un ataque frustrado y otras brujerías (1ª parte).




No me lo podía creer cuando me las encontré llorando a escondidas en el baño. Sí, no es que me colase en el aseo de las chicas, les aclaro a continuación. Una de las innovaciones más brillantes de nuestro querido administrador, más por ahorrar dinero que por el tratamiento igualitario de ambos géneros -el colega era un machista pleistocénico-, consistió en clausurar el aseo de caballeros y poner un nuevo cartel en el de señoras que indicaba que tales dependencias pasaban, de la noche a la mañana, a ser de uso común; por tanto, automáticamente, se convertían en servicios unisex. Reconvirtió el anterior cuarto de baño de caballeros en un pequeño almacén para material de oficina. Ni que decir tiene que dicha remodelación no le afectó lo más mínimo a su confidencialidad mingitoria  ya que él disponía de un pequeño aseo privado adyacente a su despacho. Como pueden apreciar, un alarde de optimización de recursos y reutilización de espacios, a costa del resto de seres humanos y sin que le afectase lo mas mínimo a su comodidad. Pero no me quiero ir por las ramas como acostumbro, ya me van conociendo. El caso es que tanto Natalia como María se habían encerrado en el W.C.  y se las oía cuchicheando a las dos tras la puerta al tiempo que la primera de ellas emitía una leve llantina que no pasó desaparcibida para oídos tan avezados y escudriñadores como los míos; cotilla redomado que diría mi santa esposa en un alarde de asertividad no solicitada por mi parte. Estaba yo a punto de salir de allí, ya que procedía a lavarme las manos (uno, que es muy aseado desde que está en terapia), cuando se abrió la puerta del pequeño habitáculo donde se hallaban recluidas y ambas se quedaron un tanto estupefactas al encontrarse de bruces conmigo. 


Estas dos chicas, he aludido a ellas en anteriores páginas de este diario, eran las becarias que habían sido asignadas a mi departamento dentro de la empresa por lo que, después de varios meses, cierta confianza había florecido entre nosotros y la sorpresa por encontrarse conmigo no fue especialmente traumática. Natalia, que se disponía a retocarse frente al espejo en el que yo me encontraba, tenía dos churretones nada despreciables que le descendían por ambas mejillas. Sin lugar a dudas, el producto de alguna furtiva lágrima mal disimulada que había escapado de sus ojos. En ese momento no quise importunarlas ya que dicho rapto emotivo podía estar relacionado con asuntos privados en los que no debía ni quería profundizar por lo que procedí a saludarlas y me quité de en medio a velocidad de vértigo, cosa que ambas agradecieron a juzgar por la beatífica aunque acongojada sonrisa con la que me dieron las gracias.
Todo hubiese quedado ahí, en una anécdota sin importancia, pero quiso el destino que al día siguiente las encontrase nuevamente recogidas y en una mesa esquinada del bar donde solíamos desayunar casi todos los empleados, por su cercanía a la sede de la empresa. Natalia parecía la más afectada de las dos pero sus caritas de susto evidenciaban que algo las traía en vilo. Manolo y el que les habla acabábamos de entrar en el bar dispuestos a disfrutar de una buena tostada con aceite y jamón. En ese momento, le comenté a Manolo que nos dirigiésemos a la mesa donde se encontraban ambas chicas cosa que, lejos de importunarle, le agradó; era un hombre afable y disfrutaba en compañía de los demás. Cuando nos vieron llegar, se recompusieron un poco y nos ofrecieron las dos sillas vacías para que las acompañásemos. Tras pedir el desayuno, me atreví a preguntarles si se encontraban bien. Manolo, hábil como él solo, se olió rápidamente que allí pasaba algo. Las dos becarias, tras un rápido intercambio de miradas de inteligencia, nos susurraron que estaban de capa caída pero que no nos preocupásemos. Lejos de olvidar el tema, les insistí -insistimos- en que nos comentaran lo que fuese, si se refería al trabajo, ya que no era improbable que les pudiésemos ayudar o aconsejar al respecto. A pesado no me gana casi nadie e intuyeron que lo mejor era hablar antes que tenerme colgado durante los próximos días para que confesaran sus desvelos laborales.

María, trasladándonos que hablaba en nombre de las dos, nos comentó que llevaban unos cuantos días bastante mal en la empresa. La gota que había colmado el vaso, como suele decirse en estos casos, fue una bronca que les había largado Isabel (sí, la troglodita) hace dos días. Las dos chicas complementaban su estancia en nuestra empresa con cierto número de horas semanales de apoyo administrativo en la Secretaría de la Dirección. Al parecer, les afeó que la calidad de su trabajo iba decayendo con los días y que habían cometido varias irregularidades en la mecanización de algunas facturas que, supuestamente, habían generado la pérdida de algunos datos importantes de varios proveedores. Se atrevió también a sugerirles que aquel trabajo que estaban desempeñando era demasiado grande para sus habilidades y que, en su modesta opinión, no resultaban especialmente aptas para su desempeño. Aquello me sonó extraño, máxime porque ambas estaban bajo mi supervisión directa y no me había percatado de nada al respecto. No obstante, viniendo el asunto de manos de Isabelita, me olía lo peor; que había vuelto a las andadas, como hacía siempre con todos aquellos que oteara que pudiesen, aunque sólo lejanamente, hacerle algún tipo de sombra en el futuro. Tan extraño nos sonó el asunto que Manolo y yo les solicitamos amablemente y con prudencia que nos ampliaran la información ya que no conseguíamos cuadrar el supuesto fallo que ambas, Isabelita dixit, habían cometido.


Parece ser que la invitación a sincerarse desbordó nuestras iniciales previsiones y ambas, mano a mano, comenzaron a desgranar un rosario de cosas anómalas e inexplicables que les venían ocurriendo desde hace casi un mes; hay que recordar que ellas habían cumplido mes y medio de prácticas en nuestra empresa. Comenzaban a sentirse humilladas y muy cansadas ya que no pasaba un día sin que Isabelita o alguna de sus secuaces les reprocharan cualquier cosa. Comenzaron a sentirse observadas, espiadas y, por qué no decirlo, francamente acosadas. Un día, nos dijo Natalia, había dejado una carpeta encima de su mesa con la intención de introducir los datos de facturación en el sistema informático. Aunque sólo abandonó, es un decir, la carpeta unos minutos para acercarse al W.C., a su vuelta pudo comprobar que faltaban varias hojas dentro de la carpeta. Las buscó desesperadamente durante más de dos horas por todos los sitios que se le vinieron a la cabeza. Ella era una persona sumamente cuidadosa y estaba segura de que no había extraviado ningún documento pero el caso es que esos papeles no aparecieron. Cómo no, al final de la mañana y de manera aparentemente casual, Isabel le pidió la carpeta para guardarla y pudo comprobar que faltaban papeles. De la bronca que le cayó no quiere ni acordarse, pero jura y perdura que todas las facturas estaban en su sitio cuando las dejó, dentro de la carpeta, encima de su mesa. El que les habla y Manolo nos miramos intercambiando miradas conspiratorias, aunque las dejamos seguir hablando.

Otro día, comentó María, me llevé más de media mañana intentando entrar en el programa de contabilidad. Por más que introducía mi clave, el dichoso sistema me devolvía un mensaje en la pantalla que decía que el usuario no estaba autorizado para ingresar en el programa. Tras varios intentos infructuosos, en los que perdí más de una hora de trabajo, acudí solícita a una compañera (sí, se lo imaginan, una de las secuaces de Isabelita), que era la encargada de la asignación de claves de acceso. Tras teclear en mi ordenador varias veces me hizo ver que nadie había cambiado la clave y me sugirió que durmiese más antes de venir al trabajo ya que la culpa era únicamente de mi impericia o mala memoria. Aparte de cabrearme conmigo misma, poco más pude hacer pero os aseguro que nunca olvido una clave. Tengo en mi cabeza varias de ellas, que utilizo para diferentes sitios, por motivos de seguridad, y es absolutamente improbable que mi mala memoria o impericia fueran las causantes del problema de acceso al sistema informático. El caso es que, una vez más, alguien me tuvo que llamar la atención por un supuesto fallo que no había cometido.

Siguieron desahogándose durante un buen rato hasta que Manolo pidió amablemente la palabra. En su opinión, nos ilustró con su sabiduría, todo lo que nos estáis contando, lejos de explicarse como simples e incómodas anécdotas que habéis tenido que sufrir por vuestra inexperiencia, parece ser que podría enmarcarse dentro de una estrategia continuada de acoso y derribo hacia vuestras personas. Se trata de un conjunto de agresiones de pequeño calado que tienen por objeto humillaros, denigrar vuestro trabajo y, en última instancia, eliminaros de una supuesta competición. No olvidemos, recordó Manolo, que la competencia profesional de ese trío de calaveras que os están machacando es ínfima y que, en el fondo, siempre están temerosas de que alguien pueda destacar en su trabajo e, hipotéticamente, pueda desbancarlas de sus cómodas sillas de despacho. Natalia intervino para aclararnos que ella no tenía ninguna intención de echar a nadie, sino que sólo quería aprender y hacer bien su trabajo. Por supuesto, comenté, nadie piensa lo contrario, pero en la mente perversa de esas tres brujas lo único que cuenta es que sois potenciales competidoras que podrían, aunque ahora no se plantee esa posibilidad, marginarlas de los puestos de influencia que miserablemente han ocupado con sus artimañas en esta empresa. Manolo asintió, dando por válido mi somero análisis.

María prosiguió comentando que la habían cambiado a una mesa con peores condiciones de iluminación, cosa que le perjudicaba especialmente, y que llevaba más de dos semanas con problemas para poder imprimir documentos ya que, aunque lo había avisado oportunamente, nadie le arregló el problema de su equipo. Más de lo mismo.


Manolo comentó que todas esas pequeñas cosas, en un contexto laboral normalizado, no tendrían que tener mayor importancia pero que en un ambiente tóxico, ocupado por el bestiario de bichos del que estábamos hablando, el análisis debía ser más etológico que laboral y ser interpretadas todas estas circunstancias dentro de un marco más global, que nos permitiese conocer el origen de todas esas "casualidades" al tiempo que poder combatirlas estratégicamente y con eficacia. Como yo conocía los afinados análisis de mi buen amigo, asentí sin mayores explicaciones y no quise interrumpirle. Los ojos de Natalia y María se quedaron a cuadros ya que no imaginaban lo complicadas que iban a ser sus prácticas de empresa. En cualquier caso, terminó su intervención Manolo, lo importante en estos casos radica en no sufrir ese tipo de agresiones en silencio y compartirlas, no tanto para llorar todos juntos sino para poder abordarlas con mayores garantías de éxito. Si os parece, vamos a establecer un plan estratégico para evitar vuestro sufrimiento innecesario. Ambas se mostraron encantadas y fueron todo oídos a lo que el estratega tenía que proponerles. Lo primero es realizar un análisis basal de toda la casuística de eventos. Por tanto, por insignificante que pudiera pareceros, es necesario que hagáis un inventario de todas las agresiones, humillaciones, malas caras o broncas que hayáis tenido que sufrir durante los últimos días. Para no liarnos ni extendernos demasiado en esta fase, fijaremos como criterio de recopilación de datos la última semana. Por tanto, si os parece bien, a lo largo del día de hoy ponéis por escrito, ambas, todo aquello que os ha incomodado y que, lógicamente, carecía de sentido o explicación razonable en ese momento. Las dos chicas tomaron nota mental, yo también, de la propuesta de trabajo y se dispusieron a ello. Mañana, si no tenéis inconveniente, nos vemos aquí mismo para trazar un plan de intervención. Como oficial de estado mayor, Manolo dio por terminado el análisis dirigiéndose hacia la barra para pagar los cuatro desayunos. María quiso adelantársele pero la agarré suavemente del brazo para decirle que mañana pagase ella; le pareció bien. 

Habiéndonos emplazados para el día siguiente, volvimos todos a nuestras labores. Pude ver una expresión diferente en los rostros de Natalia y María; se las veía más relajadas. Iremos viendo cómo abordamos el tema. A ver qué nos da de sí el día de hoy... y el de mañana.

Continuará... en el próximo desayuno.


"El acoso moral en el trabajo como estrategia de los débiles y cobardes para degradar, humillar y eliminar a todos aquellos que pudieran hacerles sombra."

@WilliamBasker












No hay comentarios: