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10 febrero 2015

Diario de un perfecto imbécil (13): Journaling. Me acabo de enterar que esto se llama así.




Llevo varios días dándole vueltas a la cabeza tras la última anotación que hice en el diario. Cada vez tengo más claro que me cuesta trabajo dejar de escribir en él. Al principio, las palabras de Pepa me generaron un sentimiento ambivalente, creo que se dice así. Intentaré explicarme. Dado que la escritura terapéutica había sido una imposición por su parte, me costó más de un esfuerzo comenzar a redactar el diario, para qué voy a mentirme. Remoloneaba o, como dicen los anglosajones, procastinaba a diestro y siniestro buscando cualquier escusa para no meterle mano a la faena encomendada por mi terapeuta. Tanto es así, y me da cierto reparo reconocerlo, que la segunda sesión a la que acudí tuve que buscarme una coartada creíble para justificar la ausencia del diario. Pepa, comprensiva y más lista que un tahúr del Misisipi, me miró de soslayo y decidió omitir cualquier comentario al respecto en ese momento. Eso sí, al final de la sesión me recordó amablemente que o venía con el diario o me podía quedar en mi casa, sacando "papas" del huerto. Fue lo suficientemente persuasiva con sus palabras que no tuve más remedio, esa misma noche, de sentarme y coger un bolígrafo y un cuaderno. Lejos quedan ya aquellos días donde me costaba enfrentarme al cuaderno ya que sentía aquello que denominaban "horror vacui" al papel en blanco. Parece ser que dicho síndrome, trastorno o paranoia aquejaba a muchos escritores cuando se enfrentaban a la tarea creativa y pasaban minutos, horas y días sin que se les viniera nada a la mente digno de ser recogido. La de papel que se habrá tirado por obra y gracia de dicho síndrome, digo yo.

Ahora me resulta mucho más fácil la tarea de producir y crear frases que tengan cierto sentido. Es más, no sólo me divierte sino que me gusta una barbaridad. Antes de tomar la decisión definitiva sobre abandonar o proseguir el diario, me fijé como objetivo reflexionar acerca de los beneficios que, hasta ese preciso momento, me había procurado esta práctica creativa. Por tanto, me dispongo a plasmar para futuras referencias y desvelos todo aquello que, a mi humilde entender, me ha procurado la escritura. Sirvan estas líneas para exorcizar el fantasma del abandono y para animarme a proseguir esta tarea. Doy comienzo a la reflexión.

Catarsis, ése es el término apropiado para definir el motivo por el que sigo escribiendo este diario. Lógicamente, registrar las reflexiones y pensamientos que me pasan por la cabeza me sirve para recordarlos en un futuro; por el simple placer de ver los hechos con otra dimensión o por tener un registro medianamente riguroso del devenir de mis días. Pero, como acabo de comentar ahora mismo, es la sensación tan placentera que me produce ponerme a escribir el fundamento y razón última que me anima a ello. El resto, aunque pueda haberlo, es secundario.

Mi autoestima siempre estuvo a niveles mínimos. No me pregunten por qué, no lo sé a ciencia cierta. Motivos habrá y, a buen seguro, los descubriré si continúo profundizando en mis reflexiones. Lo cierto es que, a ese respecto, me encuentro mucho mejor, más entero y con más fortaleza. En resumen, me quiero más. Dirán ustedes que valiente imbécil hay que ser para necesitar redactar unos párrafos y quererse más. Si me lo hubiesen dicho hace varios meses, estaría de acuerdo en considerar una mamarrachada esto que les cuento, pero les aseguro que es rigurosamente cierto. Tienen que probarlo, si aún no lo han hecho.

Otro de los beneficios que percibo en el acto de la escritura deriva del simple hecho de permitirme revivir lo que escribo, lo ocurrido, al tiempo que reflexiono sobre ello. Lógicamente, el entorno en que esto sucede está lejos del posible estrés o tensión producido en el momento en que esos hechos sucedieron. Por tanto, puedo procesar a posteriori muchas cosas que antes me generaban angustia y estrés exacerbado. Es cierto, a este respecto, que soy o estoy mucho menos bruto o reactivo, como quieran denominarlo. Es más, aunque algún conocido me recuerde lo brutísimo que he llegado a ser, ya casi no me afecta este recordatorio. No sé si será el espíritu zen que me ha transmitido mi buen amigo Manolo, mis sesiones con Pepa, mi psicoterapeuta, yo mismo o la mezcla de todo lo anterior y cosas que se me pueden escapar. Me da igual, la verdad. Aunque no lo tenía del todo claro, confieso de manera taxativa en este momento que seguiré escribiendo. No porque me guste, que también y mucho, sino porque no puedo prescindir de esa actividad. El síndrome de abstinencia experimentado ayer noche, sin ir más lejos, cuando se me acabó el cuaderno donde escribo el diario fue tal que le robé subrepticiamente a mi hija una libreta del colegio para que no se me escaparan las ideas que andaban pululando por mi cabeza. Hoy, tras adquirir no uno, sino dos buenos cuadernos en una papelería que está cerca del trabajo, he vuelto a respirar con más calma. Tampoco quiero darle muchas vueltas a esto que acabo de contarles, el monazo o adicción, ya que si reflexiono sobre ello veo que somos animales de costumbre hasta tal punto que necesitamos anclarnos a ciertos hábitos y prácticas para sentirnos relativamente felices y encontrar el puntito adecuado -homeostasis, que hubiese dicho Pepa del referido concepto-. En tanto en cuanto esos vicios o hábitos no nos perjudiquen demasiado a nosotros mismos, nuestro entorno o potenciales víctimas inocentes, ¡que viva la adicción!


El mero hecho de contarme a mí mismo las historias y experiencias que me han pasado es altamente gratificante. No tengo necesariamente que profundizar en los sentimientos que me han surgido a raíz de dichas vivencias, aunque pueden estar presentes, lógicamente. Me siento mucho más creativo, aunque nunca me habría definido como tal. Además, a medida que sigo escribiendo, me doy cuenta que escribo mejor. Se trata de una espiral donde el mero hecho de sentarme a escribir me hace sentirme distinto y cuanto más líneas produzco, mejor me expreso y soy capaz de hilvanar muy finamente mis reflexiones sobre aspectos en los que anteriormente no me había parado a pensar. Con lo barato que me está resultando, ¡cómo no se me había ocurrido antes!

Más cosas que me están ocurriendo. Las escribo para aprehenderlas (ven cómo se está depurando mi oxidado léxico) y para generar envidia sana en aquellos, si es que algún día ocurre, que tengan ocasión de leer estas líneas que trazo en estos momentos. Mi mente se ha despejado mucho y me expreso mejor, incluso hablando. Más de un compañero del trabajo me ha llegado a preguntar si estoy estudiando algo porque, además de parecer más reflexivo, mis aportaciones a las tertulias informales que se generan en la empresa son, al parecer, mucho más interesantes y solicitadas que antes, cuando desempeñaba el rol del "Increíble Hulk" en cada momento, ocasión y lugar.

Me encuentro a gusto escribiendo, es el mejor resumen que tengo que hacerme sobre la situación. Ya que esta máxima ha quedado meridianamente clara, me abandonaré en próximas entradas a la reflexión sobre otros temas y personas del entorno. Aunque esté bien reflexionar sobre uno mismo, se corre el riesgo de resultar cansino y eso es algo en lo que no me gustaría incurrir; por tanto, lo evitaré a toda costa.


"Los beneficios inconmensurables del journaling o escritura como estrategia personal de crecimiento."


                                                         +juantobe1

@WilliamBasker

6 comentarios:

oxýs morós dijo...

Ramón, ¡GRACIAS!

Decía D. Carlos Urzaiz Jiménez:

“Alonso Quijano murió, pero D. Quijote continúa vivo, ahora mismo está en algún lugar, disfrazado de hombre de nuestro siglo, confundiendo tal vez el reflejo de un tubo de neón con el plateado resplandor de un prodigioso cometa...si le encontráis, por favor, no os burléis de él”

A lo que yo añadiría que: si tenéis la suerte de encontrarlo, no os despeguéis de él para aprender cada día un poco más de sus andanzas. Lo único que cambia es el contexto histórico y geográfico; ahora en vez de andar por lugares manchegos, anda por la World Wide Web.

Ya que mi deseo egoísta de seguir leyéndote ha sido concedido, voy a pedir otro: No te olvides de acercarnos de vez en cuando a tu “escudero” Manolo. Recuerdos de mi parte a tan noble personaje y amigo.

En espera de aventuras nuevas y con ganas de ver cómo el Increible Hulk que llevas dentro sale de vez en cuando, te mando un fuerte abrazo.

Un saludo.

María Campra Peláez dijo...

Genial. Le dedicaré un ratito a leer entregas anteriores y posteriores. Pero sí, esto llega a ser un vicio. El día que no escribo me encuentro rara. Tendremos que admitirlo. Un abrazo.

Chari BR7 dijo...

Un vicio sano, barato y muy, muy divertido. Eso sí, ahora ahorro más porque escribo en el ordenador, antes gastaba una fortuna en libretas (y yo no se las podía birlar a nadie). Muy divertida tu entrada, Juan. Un besote

Horacio dijo...

Yo también he descubierto la escritura introspectiva con los años (quizas por otra via). Así que suscribo y me siento identificado con tus relatos. Gracias por compartirlo
Un abrazo

Mila Gomez dijo...

Esta sana costumbre nos está contagiando, es una suerte haber descubierto esta clase de terapia.
Una reflexión con mucho sentido práctico. Me ha encantado leerte a través de estas lineas.
Un fuerte abrazo.

Dunia Arrocha Hernández dijo...

Gracias.