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24 febrero 2015

Diario de un perfecto imbécil (16): con la política hemos topado (1ª parte).


Ya me lo decía mi padre, "fíjate si es mala la política, que a la suegra la llaman 'madre política'..." Sí, no me lo reprochen. Sé que es un chiste u ocurrencia un poco chusca, pero en aquellos tiempos era de uso común y nadie se escandalizaba por oír expresiones como esta. Afortunadamente, los tiempos han cambiado y somos algo más respetuosos. No suscribo, debe quedar esto meridianamente claro, este aserto pero lo he utilizado para encabezar la entrada que hoy me propongo escribir en mi diario.

Antonio, un vecino y amigo desde la niñez, ha decidido entrar en política. Sí, como lo oyen y sin anestesia alguna que narcotice y difumine el delicado trance existencial por el que pretende transitar. En el ámbito local, se entiende, porque para aspirar a otras magistraturas más lucrativas (¿eso he dicho...?; me habrá delatado el subconsciente) habría que estar metido hasta las trancas y pelearse con sujetos de acrisolado pedigrí como "estadistas" que muchas veces, que me perdonen los ilustrísimos miembros de la Ndrangheta, no tienen nada que envidiarle en su modus operandi -salvo delitos de sangre, claro está- a los miembros de la mafia calabresa. Todo esto que les resumo con acrisolado estilismo se lo comenté muy claramente a mi buen amigo, de una manera más simple, obviamente. En su caso, dado que es un poco más bruto que yo, le vine a decir que estaba chalado y que mucho cuidado con hacer el imbécil, que podían aprovecharse de él a poco que se despistase. Y ustedes, pacientes lectores, me preguntarán el porqué de esa animadversión tan cruenta por mi parte. Intentaré explicarme para que no se lleven una impresión poco escrupulosa de mis ideas. Con independencia de la política, cuando manifestaba esta opinión, me refería entonces al perfil de Antonio. Éste, hombre noble y cabal como él solo, era un buenazo. De esas personas que ya no quedan. Fiel a su palabra, honesto y leal con sus amigos, trabajador esforzado e infatigable, buen compañero,.... podría seguir pero lo dicho hasta el momento es más que suficiente para hacerles ver que su perfil biográfico y personal no se ajusta al de muchos camorristas y maleantes que viven, y muy bien por cierto, de la cosa pública. Así, sin más; y que conste que soy de los que piensan que la política es necesaria y que estamos bastante escasos de buenos y honrados políticos, aunque pudiera parecer paradógica esta última combinación.

En algún encuentro casual me había comentado que tenía ganas de entrar en política. Eran muchas las injusticias que veíamos a diario -eso es rigurosamente cierto y lo suscribo- y le apetecía aportar su grano de arena para intentar mejorar un poco el mundo. No le eché más cuenta ya que Antonio habituaba a cambiar de hobby o pasatiempo varias veces al año y, la verdad sea dicha, no era un ser demasiado constante en sus planteamientos ideológicos o doctrinales, al menos hasta ese momento. Por tanto, asentí socarronamente mientras seguíamos jugando al dominó en el bar de la plaza. "Ya se le pasaría el calentón", me dije mientras seguía poniendo fichas encima de la mesa. Pero, al parecer, la idea le seguía rondando peligrosamente por la cabeza hasta que tuve ocasión de encontrarme, casualmente,  con él hace varios días. Venía de hacer footing. Sí, ha decidido cuidar su colesterol y, de paso, mejorar su autoestima. Además, sale barato. Se ha comprado unas mallas de running negras como el sobaco de un grillo, como él dice, y embutido en ellas (está precioso de esa guisa mi querido colega, se lo puedo asegurar) se prodiga por los caminos y senderos sudando la gota gorda. Además, con su pelo alborotado contenido y domeñado con una cinta elástica parecía un cantante de soul de los setenta. Al margen de esos detalles escenográficos, lo importante es lo que me dijo en ese encuentro casual.

- "Ramón, ya me he apuntado al partido...".
- "¿Qué? -le dije-, querrás decir que te has hecho socio del equipo de fútbol para ver los partidos, ¿No?" Sí, a mi amigo a veces las expresiones le bailaban y había que hilvanar un poco su discurso para interpretar correctamente su mensaje.
- "Que no te enteras, Ramón. Que ya me he apuntado al partido. ¡Que estoy en política!"
- "¡Madre de Dios!", le dije. Interpretó él mi sobrecogida expresión como una muestra de felicitación, pero no lo era en absoluto, como comprenderán a tenor de lo que les estoy contando.
- "Entonces, ¿qué te parece...?"
- "Pues.... (musité), muy bien. ¿Qué quieres que te diga? Si te gusta, estupendo. Espero y deseo que te vaya bien. Además, cada uno hace con su tiempo y esfuerzo lo que le apetece, siempre que no perjudique a terceros." En ese momento le di la mano con firmeza para fortalecer mis palabras de aliento.

Hasta ahí, todo bien. Insisto, nada más lejos de mi intención interferir en los deseos o caprichos de mi amigo ni en la libérrima expresión de sus anhelos ideológicos. Lo peor vino a continuación. No es que fuera una debacle ni un terremoto, pero tiene su miga y lo comento ahora mismo. Mi buen amigo y vecino era un ser sumamente tímido y apocado. Su retraimiento era de tal grado que difícilmente hablaba en público, cuando tenía ocasión, sin comenzar a sudar o a temblarle la voz. Todavía recuerdo los malos ratos que pasaba en la escuela cuando el profesor le sacaba a la pizarra, delante de toda la clase, para preguntarle en público. De ahí, entre otras cosas, mi extrañeza por tal decisión. Me dijo que lo había meditado mucho, hablado también con su mujer y que necesitaba un cambio existencial (él utilizó el término "cambiar de carril...") ya que su vida actual era demasiado monótona y rutinaria. A tales efectos, se había acercado a la sede local de un partido afín a sus ideas políticas y, ni corto ni perezoso, se afilió al mismo tras intercambiar una breve conversación iniciática con los parroquianos que había en el local en ese momento. Tras aprobar el test ideológico-doctrinal al que fue sometido subrepticiamente, que digo yo, dos de ellos, prestos como gacelas en fase de apareamiento, se avinieron a prestarle sus avales -requisito, al parecer, imprescindible para evitar que ingresaran en las filas del partido gentes de mal vivir y poco fiables- para realizar la inscripción en el registro. Me mostró encantado y pletórico de alegría su nuevo carnet y me dijo que tenía que hacerle un favor.


- "Ramón, tienes que acompañarme este martes a una reunión en el partido"
- "¿Qué?. Tú estás loco, Antonio.
- "Te lo pido por favor, como amigo. Sabes bien que me cuesta mucho tomar iniciativas. Es más, aún no sé cómo me he atrevido a dar el paso de la afiliación, pero he podido sobreponerme a mi timidez atávica. Sólo te pido que me acompañes a una reunión a la que me han convocado. No hay más. Ni te van a pegar, ni abducir, ni...."
- "Para, para... le dije. Te acompaño". Sabía yo por experiencia que mi amigo era un pesado ("jartible", decimos por aquí) de marca mayor y que al final tendría que ceder o alejarme de él. Por tanto, decidí acortar el sufrimiento y le dije que sí. Total, ese día tenía la tarde libre y, a lo sumo, sólo perdería una o dos horas. ¡Qué equivocado estaba...!

Antonio me abrazó exultante y, sudoroso como estaba tras el ejercicio físico, no tuve más remedio que aguantar el tufo apestoso de sus axilas como gesto entrañable, no exento de estoicismo, para preservar nuestra amistad. "No es para tanto", le dije, quitándole importancia. El caso es que nos despedimos y quedamos emplazados para vernos un rato antes de la hora de la reunión, en el bar para tomar un café. 

Llegó el día de autos y me disponía a pedir mi café cuando vi acercarse a mi amigo Antonio perfilado como un dandy de opereta bufa. Se había puesto la ropa de los domingos, un pañuelo de seda azul en torno a su corpulento cuello y acicalado el pelo con gomina. Apestaba a perfume hasta tal punto que las moscas que pululaban por el local huyeron despavoridas de nuestro espacio aéreo. 

- "Veo que te has puesto muy elegante, Antonio" -le dije-.
- "Hombre, la ocasión lo exige. Ya sabes que a mí me gusta ir cómodo pero Puri (su mujer) ha insistido en que tenía que ir elegante. Nunca se sabe dónde puede acabar un servidor, pero la apariencia externa es uno de los elementos fundamentales del éxito en la vida. La imagen al poder, mi querido Ramón."

No le faltaba razón a mi amigo porque, a este respecto, conocía a determinados pelagatos y mangantes de mal vivir cuyo único mérito para hacer una carrera política había sido la capacidad de encajarse un traje de chaqueta con cierto estilo. Manda huevos....
Tomanos nuestro café tranquilamente ya que habíamos quedado media hora antes de la reunión y el local estaba a dos minutos del bar. Percibí cierto nerviosismo en Antonio. Cosa normal, me dije. También me "autoimpuse" -valga el término- prudencia a la hora de hablar con él de este paso trascendental en su vida ya que sabía lo ilusionado que estaba y mi particular visión de los políticos, más que de la política, no debía enturbiar ni empañar esa inquietud que le había animado a dar el paso. Por tanto, tanteé con cautela el terreno y medí milimétricamente mis palabras para evitar la menor sombra de sarcasmo o cachondeo.

- "Sobre qué es la reunión de esta tarde, Antonio."
- "Vamos a estudiar y debatir -hizo énfasis en este último término- el proyecto de programa electoral que presentaremos a las elecciones locales". 

Pues sí que había comenzado pronto el proceso de endoculturación -que dirían los antropólogos- o de abducción -ufólogos y psicólogos dirían eso, supongo- de mi amigo. No es que me sonaran mal los términos que comenzaba a utilizar pero en el marco de una jerga absolutamente normal, intercalar ese tipo de léxico, tan específico y con tanta carga política (subía el tono de voz para enfatizarlos) me generaba cierta inquietud. Además, querría ver yo con mis propios ojos si lo que hiciera este alma de cántaro y otros buenos militantes, que los habría, serviría de algo para modificar lo que ya, me maliciaba, estaba prácticamente cerrado de antemano por los jerifaltes de las instancias superiores del partido. Todo esto no se lo dije, claro está. Parecía un niño con zapatos nuevos y no debía desilusionarle con mi ancestral escepticismo.

- "Muy interesante" -le dije-.
En ese momento, sacó de una carpeta unos folios que tenía subrayados de varios colores y me los mostró orgullosamente.
- "Mira, Ramón, aquí lo traigo. Me lo he estudiado a fondo y tengo varias propuestas que formular a la asamblea..."
Mi cara de perplejidad iba en aumento, por lo que decidí dar un sorbo al café templado que tenía en mi taza antes de proferir una barbaridad.
- "... las propuestas -continuó- van en la linea de profundizar a través de mecanismos de participación social el proceso de toma de decisiones, implementando el mismo a través de instrumentos telemáticos que podrán propiciar...."
En ese momento algo crujió en mi cerebro ya que no me podía creer que Antonio, ser directo y simple en sus argumentaciones, hubiese enhebrado más de treinta palabras sin decir absolutamente nada. Boquiabierto me quedé y asombrado por la capacidad de mimetizar la jerga insustancial y hueca de muchos de los políticos de salón a los que estábamos acostumbrados. 

Miró el reloj y me hizo señas de que teníamos que marcharnos. Si hubiese sido creyente me habría encomendado a San Simeón, patrón de los locos y titiriteros, pero no era el caso. Me apliqué a recitar internamente, al tiempo que sonreía a mi amigo y me levantaba de la silla muy despacio para no desvanecerme de la impresión, un antiguo mantra tibetano que servía para calmar mi ansiedad cuando mi intelecto preveía que estaba a punto de exponerme a una situación que amenazaba con hacer estallar mis límites. Comencé a respirar profunda y cadenciosamente, respiración abdominal, por supuesto. Nos dirigimos los dos lentamente a la puerta del local del partido.

Continuará...

"La política y la elección de las élites. Mecanismos de captación y cooptación."