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12 febrero 2015

La acosadora encubierta que salió trasquilada al ir por lana.




Coincidí con Marta en unas jornadas de formación hace algunos meses. En el almuerzo, que compartimos con algunos compañeros, tuvimos la ocasión de charlar de manera distendida sobre aspectos curiosos y extraoficiales de nuestras respectivas profesiones que, aunque no eran idénticas, guardaban cierto parecido. Me llamó poderosamente la atención lo que me contó con respecto a un asunto peliagudo que tuvo que gestionar hacía poco tiempo. Como Inspectora de trabajo, tuvo que evacuar las diligencias oportunas tendentes a esclarecer una denuncia que se había presentado ante su departamento. Intentaré reproducir aquí aquellas reflexiones, apropiándomelas, para resumirles el curioso devenir de una denuncia. No se me ocurre, para sintetizar el contenido de estas líneas, mejor proverbio que el siguiente: "Ir a por lana y salir trasquilado...". Ya lo entenderán si terminan de leer este artículo. Comenzamos.

Se le encargó a Marga la investigación de una denuncia de acoso en una unidad administrativa. Una de las empleadas presentó un escrito en el que ponía de manifiesto una supuesta trama de acoso hacia su persona por parte de la jefatura del departamento en el que trabajaba. Al parecer, cosa rara en estos casos, se trataba de un supuesto acoso laboral que no añadía connotaciones o matices vinculados al género, por ser mujer. En cualquier caso, me dijo esta amiga, cuando se interviene en este tipo de historias hay que hacerlo con tacto, rapidez y extrema prudencia, descartando cualquier escenario y olvidándose de los tópicos manidos que pueden enmascarar realidades más complejas. Es preferible evacuar varias diligencias por exceso que, por mor de la comodidad, quedarse a medias y dejar un problema sin resolver. El sufrimiento humano que puede padecerse en estas historias no es baladí y hay que poner toda la carne en el asador para arreglarlo.

Por circunstancias que no vienen al caso, ya que alargarían demasiado este relato, que pretende ser breve, Marga tenía conocimiento personal de la trayectoria laboral de las personas denunciadas. Le extrañaba la acusación pero su profesionalidad no le permitía hacer determinadas concesiones y abordó el tema de manera objetiva y sistemática. Llevó a cabo una serie de actuaciones durante varias semanas. Lógicamente, aunque todo el mundo en la unidad estaba al corriente de que se había producido la denuncia, ella apeló a la responsabilidad de todas aquellas personas a las que entrevistó en el curso de su trabajo para evitar filtraciones que pudieran entorpecer las diligencias; no sólo por este motivo, que también, sino porque su olfato le había regalado varios indicios extraños que, aunque no se habían materializado en su totalidad, flotaban como ectoplasmas por el entorno laboral y le apuntaban a tirar por la senda de valorar que las apariencias a veces, aunque parezca un tópico manido, engañan. Esto es, sin desestimar ni un ápice el completo dossier conteniendo la denuncia que tenía en sus manos, cuestionó todos los tópicos que pululan hoy día por las organizaciones con relación al tema y comenzó un proceso quirúrgico fino con objeto de diseccionar todas las variables y escenarios.

El término acoso está, lamentablemente, de moda. Ello hace que muchas historias, complejas y penosas algunas, se clasifiquen automáticamente como tal o, lo que es peor, pretendan encasillarse dentro del corsé del término o constructo. Ni todo es acoso, afortunadamente, ni a veces resulta fácil ni automático obtener los elementos probatorios que son precisos para realizar las actuaciones disciplinarias o laborales que correspondan contra los culpables o causantes. Resulta razonable recordar algunos de los rudimentos básicos que utilizamos para abordar el tema del acoso laboral. Se trata de un fenómeno o circunstancia que tiene un carácter complejo. El lenguaje cotidiano, lamentablemente, recurre con ligereza al uso de este tipo de términos para definir o etiquetar situaciones que no se ajustan al mismo. Es necesario, por tanto, saber diferenciar un caso de mobbing de lo que sería cualquier situación de tensión laboral puntual y crítica. Hablaríamos aquí, con propiedad, utilizando términos como estrés, discusión, desacuerdo, malentendidos.... y otros tantos. Denominar a cada problema por su nombre correcto es una necesidad, no un lujo, ya que no es en absoluto improbable que surjan desalmados que pretendan enmascarar, bien sea en su propio beneficio o en perjuicio de terceros, discusiones y enfrentamientos de menor calado y absolutamente recurrentes en cualquier entorno laboral con una situación de acoso laboral.

No podemos soslayar que cualquier unidad o departamento administrativo precisa de una estructura jerárquica que lo articule y que, entre otras cosas, vele por el desarrollo de las actividades y procedimientos que deben desarrollarse en el mismo. La persona que ejerce la jefatura tiene la obligación moral y legal de reconducir conflictos y establecer protocolos de organización y funcionamiento interno que, respetando el marco empresarial o normativo de aplicación, tengan en cuenta el contexto singular en el que están ubicados. De acuerdo con lo anterior, constituye una función inherente a cualquier dirección la competencia para impartir directrices y órdenes de servicio. Sería de locos pensar lo contrario ya que, de no ser así, la vida de estas unidades organizativas podría evolucionar hacia situaciones caóticas y lesivas para los intereses de las personas que trabajan allí y de la ciudadanía, en su caso, que tiene que ser atendida en cada momento. Por supuesto, obviamente, esas funciones que hemos comentado deben tener un encaje adecuado en el ordenamiento jurídico y ser respetuosas con el entorno y, sobre todo, las personas. 

Una vez fijado el punto anterior, podríamos valorar como perversa la práctica encaminada a cuestionar y criticar sistemática y desmesuradamente cualquier decisión que, insisto, en el marco de sus legítimas competencias, ejerce la dirección. Lo que es más, recurrir de manera automática a la imputación de un supuesto de acoso por parte de los denunciantes cuando se imparten dichas directrices puede llegar a ser disfuncional e intolerable. No son extraños, siguió comentándome Marga, los casos en que la evaluación negativa del papel de la dirección pretende crear un clima de crispación que favorezca a determinados intereses, no tan legítimos, de terceras personas.


Las palabras de Marga, con la que estaba totalmente de acuerdo, me generaron ganas de preguntar cómo había gestionado la denuncia que dio comienzo a nuestra charla. Prosiguió recordándome los tipos de acoso que podían darse y cómo, tras investigar lo suyo, pudo descartar lo más obvio para apuntar por otros derroteros más perversos. Me siguió contando. Parece ser que tras las diligencias de investigación evacuadas, Marga no encontró situaciones compatibles con un "acoso vertical descendente", que traducido resulta que la denuncia efectuada quedaba en "agua de borrajas". La jefatura no exhibía, ni de manera táxita ni explícita, comportamiento alguno que pudiera etiquetarse como acoso. Todas las declaraciones de testigos que se recabaron coincidieron en este particular. Es más, a fuerza de ser sinceros, habría que reconocer que muchos trabajadores manifestaban que la dirección había sido excesivamente permisiva con las conductas chulescas y desproporcionadas de la denunciante que, de manera recurrente, pretendía provocar a los directivos con todas las excusas y motivos posibles. Pero no acaba aquí la historia. Encontró indicios francamente preocupantes que apuntaban hacia la existencia de un supuesto "acoso vertical ascendente"; sí, es lo que se imaginan. La denunciante transmutada por arte de magia en acosadora. La prevalencia de este último tipo de acoso está en torno al diez por cierto de los casos, según la lilteratura especializada en este tema; cantidad que no es nada despreciable.

Con independencia del contexto donde aparezca, el verdadero acoso laboral se produce enmarcado en un aura de cautela y sigilo, siendo altamente difícil obtener pruebas directas de su comisión. En un gran número de situaciones donde existe el mobbing, se produce el fenómeno perverso denominado "unanimidad persecutoria", que se traduce en el concierto orquestado por varias personas para ejecutar el linchamiento psicológico de la víctima escogida. En el supuesto del mencionado "acoso vertical ascendente", el objeto de esta estrategia vil y perversa no es otro que conseguir la intimidación, el chantaje o la permisividad por parte de los legítimos jejes para que sean más frágiles y tolerantes. Con eso se consigue un ambiente altamente desarticulado y se evita que las funciones inherentes al puesto directivo no se ejerzan, por temor al "qué dirán" o, precisamente, a la denuncia por acoso.

De las declaraciones que tomó mi amiga en esa actuación se desprendía, por parte de compañeros de trabajo de la denunciante, muestras evidentes de inquietud, miedo y temor. Todo ello, seguimos "para bingo", parecía evidenciar la posibilidad de que existiera un acoso de tipo horizontal, donde los compañeros son capaces de ver las estrategias y sucias maniobras pero no hacen nada por temor, a su vez, de resultar denunciados por sus actuaciones. Como podrán ver, el término "maquiavélico" se queda corto para definir el escenario que me estaba contando Marga. Lo más curioso de toda esta historia es que llegó a encontrar al verdadero culpable que se escondía detrás de la trama, esto es, al instigador de la denuncia por acoso. Parece ser que la denunciante no era más que una marioneta al servicio del cerebro que diseñó este sainete. Este hombre, hábil manipulador, locuaz y con cara de tonto, se movía como una culebra en un pantano y no fue fácil conseguir testimonios que pudiesen imputarle la autoría del guión trazado. Utilizaba un discurso repleto de dobleces y sobreentendidos pero nunca firmaba ni acusaba directamente. Siempre lo hacía a través de personas interpuestas que, como tontos útiles, eran utilizados como arietes para perpetrar sus ataques contra compañeros y jefatura de la unidad. Todo un estilizado paradigma de la corrupción digno de la italia renacentista de los Borgia. Parece ser que los elementos probatorios no eran, aún, lo suficientemente sólidos como para "meterle mano" al sujeto de la trama pero sí, curiosamente, fueron suficientes para que dicho individuo fuese consciente de que su juego había sido descubierto. Cobarde como una hiena de la sabana, reculó rápidamente en su estrategia de ataque y, parece ser, se quitó de en medio durante algunos días por una baja médica.

Tras las actuaciones efectuadas y el correspondiente informe, pudo aclararse el problema aunque no totalmente. Cuando se corrió la voz de que el tema seguía siendo investigado, el cerebro "borgiano" -aún de baja- y la denunciante solicitaron un cambio de destino que les llevó a otro departamento de la corporación. Con buen criterio, y sin conculcar ningún derecho adquirido, ambos fueron destinados a diferentes puestos. Al menos, que tardasen tiempo en producir las raíces suficientes como para reanudar sus pérfidas estrategias conspirativas. A través de los cauces correspondientes, se comunicó a la dirección del nuevo departamento la denuncia que había sido investigada encareciéndole que prestara especial atención, para salvaguardar todos los derechos habidos y por haber, a cualquier denuncia futura que se generase en el ámbito del acoso laboral.

"Acosados acosadores y otras perversas combinaciones que pululan por las organizaciones y entornos laborales."

                                             @WilliamBasker

1 comentario:

Chari BR7 dijo...

Es tremendo lo que cuentas. Yo conozco un caso, no de acoso, pero tiene que ver con lo que relatas porque también se trató de una falsa denuncia. La persona a la que denunciaron no tuvo suerte, no se pudo recuperar de la humillación y el dolor y dejó su trabajo, aunque le pidieron disculpas por haber creído al denunciante. Es una pena que estas denuncias no se investiguen mejor, tendrían que estar en manos de gente capacitada, como tu amiga, para descubrir quién maneja los hilos y quién es el verdadero responsable del problema.
Una entrada estupenda, Juan, me ha hecho pensar. Besos