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07 febrero 2015

Otra ración de autoritarismo para compensar la carencia de autoridad.



Laura es, además de una excelente persona, una buena y curtida profesional. Coincidí con ella durante un tiempo en el mismo escenario laboral y conectamos a un nivel muy alto. Conocedora del oficio que desempeñaba, el puesto que estaba ocupando no le suponía ninguna sobrecarga psicológica ya que había trabajado con otros jefes y jefas peculiares, complejos y correosos. Su papel de secretaria lo dominaba a la perfección, permitiendo que todo fluyera cuando pasaba por sus manos, minimizando los contratiempos y anticipándose a los múltiples problemas que sazonaban su rutina diaria. Estaba pasando por una etapa especialmente complicada en el trabajo ya que otra de las secretarias que ocupaban el mismo espacio físico no paraba de hacerle la vida imposible. Falsa, la "otra", como un euro de cartón, mostraba una mueca hierática de hiena salvaje cuando ambas se encontraban solas en el despacho; ni tan siquiera le dirigía la palabra y la ignoraba ominosamente. Esta persona, omitiré su nombre porque ni siquiera merece dicha consideración, era una persona superficial, envidiosa y con "menos-papeles-que-un-conejo-de-campo", que podríamos decir, para desempeñar la tarea para la que había sido enchufada, así, sin anestesia. Pelota redomada y servil hasta la náusea, se dedicaba a dorarle la píldora a los jefecillos que pululaban por el área de dirección y sacaba tiempo para todo, aunque siempre estaba sumamente estresada. Más de una de las tardes de permanencia obligada en su puesto las utilizaba para, de manera subrepticia y solapada, hartarse de llamar a sus amigas y escaparse a la peluquería; todo un personaje la buena señora.

Llevaba varios meses sin encontrarme con Laura. Por eso y por su agrado natural, la invité a tomar un café cuando nos cruzamos el otro día por la calle. Le pregunté, como siempre, que cómo iba todo. Sin explayarse en demasía, ya que era mujer prudente, interpreté que las cosas no sólo iban mal sino que ella no se encontraba especialmente bien. Habiendo descartado problemas familiares o personales de otra índole -tenía confianza con ella, lógicamente, y le pregunté directamente- el motivo parecía residir en el entorno laboral absolutamente tóxico y contaminado en el que pasaba sus días. Persona dispuesta y altamente efectiva, veía como un castigo que la estuviesen apartando de sus funciones para asignárselas a la hiena carroñera que hemos introducido antes y a una amiga personal de la jefa -¿enchufe? No, lo siguiente en el paradigma del nepotismo caciquil...- a la que había traído de algún sitio para incorporarla como "ayudante de cámara".

Pudimos conversar largo y tendido. Como era conocedor de ese escenario, había múltiples claves compartidas que no tuvieron que hacerse explícitas, por lo que la conversación fluyó larga y cómodamente durante ese rato. Al parecer, las cosas seguían de igual manera. Les resumiré un poco, para no andarme más por las ramas. Una de las quejas más recurrentes que se dieron en aquella época se sustentaba en el hecho de que la persona que ejerce una jefatura, la que sea, debe tener la autoridad suficiente para trasladar a sus colaboradores y subordinados, de forma correcta y adecuada, lo que se espera de cada uno de ellos en sus tareas cotidianas y el desempeño de los cometidos que han de llevarse a cabo. Por tanto, lejos de quejarse de esa circunstancia, ya que era obvio que la jefatura ejercía su derecho cuando solicitaba, requería, premiaba y se dirigía a cualquier persona que tenía que realizar un trabajo, su desazón se residenciaba en las malas maneras. Cuando hablamos de la jefatura a la que nos referimos, se trata, en suma, de una autoridad ejercida por derecho propio, que no debiera nunca degenerar en autoritarismo, con los efectos colaterales de malos modos y expresiones fuera de lugar o intentos de manipulación o acoso psicológico que pudieran darse en los casos más extremos.

Ya que hablamos de supuesto autoritarismo, queremos ser prudentes incluso aquí, no viene mal recordar que éste consiste en el abuso puro y duro de la autoridad; descender un escalón o varios en el trato humano considerado y traspasar todos los límites razonables que deben presidir cualquier relación entre iguales o personas ubicadas en una jerarquía laboral. Cuando alguien no desarrolla las funciones que debería acometer, en función de la competencia que está obligado a ejercer, suele divagar por senderos correosos y complicados para sobrevivir al entorno. En este contexto, el jefe autoritario suele asediar, incordiar y hostigar para conseguir por esos medios espurios lo que no logra a través del ejercicio natural y correcto del cargo que ocupa. Por tanto, intentará controlarlo todo con la imposición del temor, sin que haya espacio para la confianza y el respeto.

Laura, que asistía a estas reflexiones que resumo sumariamente en los párrafos anteriores, reconocía como rasgos del clima laboral que sufría actualmente todos los que hemos comentado hasta el momento. El trabajo se había convertido en un fardo pesado y agobiante para ella, máxime si consideramos que, como profesional con gran experiencia de campo, siempre había presumido de disfrutar de proyectos motivadores, interesantes y muy satisfactorios. Doy fe de ello, al menos durante el tiempo que estuvimos trabajando juntos.


El problema, de difícil solución en este caso, residía en que la jefa de marras -suavidad y diplomacia en el trato, a pesar de que no se la merece- era un ser que descalificaba gratuitamente como respuesta al estrés al que, inevitablemente, se veía sometida. Servidumbres del cargo que cualquiera, en su sano juicio y con la adecuada preparación, podría haber asumido sin mayores dispendios tensionales. Esta persona estaba firmemente convencida de que por el mero hecho mecánico -digital y nepotista, por ser más explícitos y justos- de haber ocupado una magistratura de cierto rango corporativo, estaba habilitada y preparada para mandar. Ni muchísimo menos, a juzgar por las soberanas meteduras de pata a las que tenía acostumbrados a la gente de su entorno. En este caso, como en el de otros inútiles de análogo prestigio y reconocimiento social, era incapaz de asumir las consecuencias de sus errores y despistes, imputando a otros y descalificándolos como remedio catártico para aliviar su cabreo. Denominarla "bipolar" sería apropiado en este caso si dicho término no correspondiese a personas con determinadas psicopatologías que no tienen culpa de tener lo que tienen encima.

Enlazándolo con esto último, no podríamos dejar de calificar como soberbia la actitud de esa "pequeña" jefa. Saber de todo, sin tener ni idea; opinar de cualquier cosa, desde el analfabetismo funcional más desafiante; ejercer el mando, sin poder caminar tres pasos seguidos y caerse de bruces... Todo un poema,... para quemarlo. Laura también se quejaba de que estaba harta de que, sin pedirle nada ni aportarle instrucciones concretas, tuviese que imaginar el pensamiento de aquella superiora jerárquica. Si estuviésemos hablando de alguien centrado y con buen criterio profesional, no se generaría ningún problema. A poco hábil que fuese la secretaria -y, hemos dicho, era muy solvente y profesional en lo suyo- ya sabría de caprichos, manías y desvelos de su jefa. El caso es que donde hoy se producía una llamada de atención o bronca por hacer algo en un determinado sentido, mañana se precipitaba idéntico altercado por seguir un criterio absolutamente diferente del que había generado el supuesto problema. De locos, no se lo pueden ni imaginar. Esa situación quema al más pintado.

En el fondo, coincidimos los dos, toda esa parafernalia farfullera de la que hacía gala aquella mujer podía tener su origen en el miedo atávico y telúrico que tenía a que alguien le hiciera sombra y pudiese erosionar la imagen social y corporativa que tanto trabajo le estaba costando forjar, ya que tenía poco fondo y sustancia. La poca experiencia y conocimiento que tenía, por esa misma sensación de angustia crónica, no la compartía; la guardaba bajo siete llaves para no dar pistas a los demás. Infeliz, aún no se había dado cuenta de que todo aquello que no se pone al servicio de la función que se ejerce y que se deja en desuso termina por herrumbrarse y llenarse de telarañas.

En el caso del personaje que hemos descrito y que mi buena amiga aún sufre en la actualidad, creemos que durante años ha desarrollado una ambición desmedida por medrar, llegando a ser ésta -la ambición- mucho más poderosa que sus escasas virtudes, capacidades y cualificaciones. Cuando uno dedica tanto tiempo a la "escalada", suele despreocuparse de obtener una sólida formación que, además, requiere tiempo y esfuerzo. Es mucho más fácil pegar dos voces o arrimarse al buen árbol que estudiar y formarse; es lo que tienen algunas de las jóvenes promesa que maltratan y destrozan cualquier entorno corporativo en el que aterrizan, no por sus propios méritos, que conste.

Deseándole suerte y mucho ánimo, nos despedimos. La verdad es que no lo tiene fácil. De buena gana pediría el traslado a otra unidad, pero las cosas no son tan sencillas en la vida real. Creo que sobrevivirá; lo ha hecho con otros inútiles semejantes en los últimos años. Es lo que tiene la gente hábil e inteligente, que es capaz de protegerse con una coraza para sobrevivir y evitar que los daños colaterales y patadas de gentuza sin escrúpulos le afecten más allá de lo razonable.

"El autoritarismo como mala praxis en aquellos que nunca alcanzaron la autoridad necesaria para desempeñar ciertos puestos y funciones."

                                                @WilliamBasker


4 comentarios:

Monica Alicia Colunga dijo...

El autoritarismo como mala praxis

nanag313 dijo...

Buenos días William. Leyendo el artículo de Laura, lo lamentable es que como este caso existen muchos más. Jefes autoritarios hay muchísimo. Y lo que a la larga lo que desencadena es un conflicto interno de desmotivación laboral, aquellos excelentes profesionales, proactivos, responsables y dedicados como Laura poco a poco (aunque no lo quieran) se empiezan a convertir en autómatas y personas reactivas, porque ya no encuentran el fin de aportar nada nuevo ni ser proactivos para la organización. Sólo aquellos que su situación financiera les permita renunciaran y buscaran otro empleo (pero como están las cosas eso es cada vez más difícil); por lo tanto lo que logran este jefe autoritario es tener un equipo de trabajo que a la larga afecta directamente a los resultados generales de la organización, por culpa de una sola persona.
Si realmente hay una mejor gerencia hacia arriba y detecta esta situación hay dos soluciones: se despide a este jefe autoritario o si en verdad es un profesional con otras habilidades y aporta conocimientos e ingresos a la empresa, su jefe superior le puede invertir y colocar un Coach Gerencial por un tiempo determinado para analizar de mano a mano con ejercicios, metas y resultados y ver de donde surge ese comportamiento de querer imponerse de manera negativa sobre sus empleados y hacerlo ver con un proceso de coaching guiado que eso no lo lleva a ningún lugar, él solo se irá dando cuenta. Y se podrá salvar a este empleado y su comportamiento cambiaría radicalmente. Esa es mi opinión. Saludos y gracias por el artículo. Adri.

manelmarius dijo...

Interesante, gracias.

Anónimo dijo...

Demasiados ejemplos de este tipo en nuestro país.