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07 marzo 2015

Coaching y atributos esenciales del liderazgo (3): diplomacia.


Considero que éste es uno de los rasgos que delimitan la geografía del liderazgo con mayor nitidez, del bueno, me refiero. Intentaré explicarme. Todos estamos habituados a cohabitar con personajes que asumen funciones directivas y lo único que hacen, porque no poseen ni tienen demasiado interés por desarrollar un elenco de habilidades sociales y personales demasiado amplio, es usar la pistola y la amenaza más veces de las deseables. Algunos, incluso, los hemos sufrido en nuestras vidas y hemos brindado colectivamente cuando sus tediosos espectros han abandonado el nicho ecológico al que mortificaban con sus burdas maneras y engorrosa presencia. Pero centrémonos en los aspectos positivos del asunto que nos ocupa.

La diplomacia es algo que suele aprenderse con el ejercicio del cargo, del que sea. Es cierto que hay personas que traen "de serie", en su temperamento, la facilidad para el trato humano y las buenas maneras para conseguir que otros hagan las cosas sin tener que amenazarlos. Por el contrario, hay otros personajes que  parecen compensar con el ejercicio directivo carencias de algún tipo, entre ellas las famosas habilidades sociales, y no consiguen conciliar voluntades ni tan siquiera alcanzar los objetivos de la corporación o departamento a su cargo si no amenazan y agreden verbalmente a sus colaboradores o subordinados. Ni saben ejercer la diplomacia ni se les espera por esos lares. Lo peor, aunque esto es sólo un apunte para dejar constancia, es cuando ejercen la jefatura a partir de una designación o nombramiento político ya que es de suponer que el buen político se debería adornar con esas virtudes inherentes a la diplomacia. Pero, a veces, ni lo uno ni lo otro; ni buen político ni asomo de diplomático. 

A los niños y niñas les encarecemos que muestren educación cuando se dirigen a terceras personas por cualquier motivo o razón. Los jefes, los buenos líderes, saben ser educados, siempre y por encima de cualquier circunstancia a la que se enfrenten. No suelen ser zafios ni chabacanos en el ejercicio del cargo (no hablamos aquí de su espacio íntimo y estrictamente privado, que no ocupa nuestro pensamiento en estas líneas). Ejercer un puesto de responsabilidad política o directiva no nos otorga el derecho de tratar sin educación a nadie, por muy complicado o tenso que pueda ser el intercambio de impresiones. No se puede ser maleducado con el resto de las personas. Lo que es más, lamentablemente, esta es una virtud que no es tenida en cuanta a la hora de propiciar determinados nombramientos en la esfera pública, por lo que no hay que presuponer que algunos personajes se convertirán en seres diplómáticos y educados por el mero hecho de ser designados para ocupar una magistratura pública. Algunos confunden escenarios más privativos o íntimos (donde pueden comportarse como les dé la gana, si se lo permiten sus compañeros de viaje, claro está) y trasladan malas maneras por todos los poros, faltando a las elementales normas de educación y decoro que deben presidir cualquier intercambio social. También nos referimos aquí a la reiterada costumbre de algunos de estos emperadores de pacotilla que, creyéndose vestidos con exquisitos ropajes, sólo se adornan del aire que algunos pelotas les devuelven haciéndoles creer que portan bien ceñidos maravillosos trajes. Estos personajes no se dan cuenta o, lo que es peor, no quieren dársela, de que hacer esperar a todo el mundo y demorarse en sus obligaciones, siempre y en toda ocasión, deja de ser un signo de distinción y se convierte, en muchos casos, en una innecesaria afrenta a la diplomacia y educación que deberían ejercer en su trato con terceros. No son pocos los malentendidos que se producen por no conciliar la educación y buenas maneras con el trabajo. Los buenos líderes se mueven de manera natural a lo largo de todos los rituales que presiden su cotidianidad laboral y suelen conciliar el estrés, tensión, problemas o crispación con una gran capacidad para no perder la cabeza y ser, ante todo y sobre todo, buenos diplomáticos. Como elemento interesante de la diplomacia está la capacidad para sonreir con sinceridad, de manera distendia y cordial. A veces no será fácil, pero hay sonrisas que despiertan la necesidad de vomitar por las náuseas que generan. Sonrisas esclerotizadas y de plástico que, el más avezado de estos inútiles, habrá ensayado reiteradas veces frente al espejo de su cuarto de baño, pero que suele ejercerse con una falsedad que se otea a muchos kilómetros a la redonda y, a la postre, genera un efecto rebote mucho peor aún que el rictus serio y preocupado que todo el mundo es capaz de comprender en alguien abrumado por las responsabilidades del cargo.

Las relaciones que mantiene un directivo con el personal a su cargo, empleados y subordinados, no deberían basarse en arquetipos de sumisión y mansedumbre absolutamente obsoletos y trasnochados en lo que concierne al ámbito de la etiqueta laboral y social de los tiempos que corren. Aún respetando cada uno de los diferentes niveles y la estructura de mando, las relaciones deberían plantearse en unos términos de mayor respeto e igualdad. Consecuentemente, quedan fuera de lugar el ejercicio de ciertas maneras despóticas, tiránicas y absolutamente carentes de la menor diplomacia cuando hay que dirigirse a cualquier miembro de la corporación, por modesto que sea el puesto que ocupa. Es cierto que esto debe ser recíproco, claro está, pero la mayoría de las veces suelen ser lo que se encuentran ubicados en un estrato superior de la jerarquía los que incumplen estos rudimentos básicos de la diplomacia y respeto más elemental. Los buenos directivos, que suelen ser personas sensatas y equilibradas, acostumbran a trasladar los rudimentos y normas básicos de cortesía que emplean en su vida diaria aplicando, claro está, los matices y singularidades que la gestión corporativa conlleva. Aún así, no suelen tener especiales dificultades en el proceso de adaptación desde el medio privado al público. 

El buen directivo, en el adecuado ejercicio de la diplomacia, evita que su trato dé lugar a malos entendidos y suele ser hábil para ubicar en el ámbito de la cordialidad lo que no debe degenerar en familiaridad excesiva ni compadreo. No cabe duda que una buena relación humana favorece la mejora del ambiente laboral y, consecuentemente, facilita la interacción personal entre todos los agentes afectados. Ello, prácticamente de manera automática, mejora significativamente el desarrollo de las tareas y cometidos de la corporación. Considerando la gran cantidad de tiempo que invertimos a lo largo de nuestra vida en trabajar (aquellos que tienen la suerte de tener un trabajo, claro está), parece sensato disfrutar de un buen ambiente laboral donde sea compatible el compañerismo y buen trato con el cumplimiento de las obligaciones inherentes a cada empleado. En este sentido, el ejercicio adecuado de la diplomacia se convierte en una herramienta básica que los buenos directivos saben utilizar y sacarle el máximo partido.

Hay un aspecto que también constituye, aunque sea entrando de lleno en el ámbito de la comunicación no verbal, una marca de identidad de los líderes que saben ejercer la diplomacia. Nos referimos aquí a la imagen personal. No podemos olvidar, nos guste o no, que la primera impresión que causamos genera afectos y desafectos, según los casos, en las personas con las que nos relacionamos; todo ello con independencia de nuestro esfuerzo, capacidad intelectual, profesionalidad y otros valores que deben adornar al buen empleado. Por tanto, el directivo que sabe ocupar la posición que tiene encomendada cuidará sus modales, comportamiento y la forma de vestir, que será acorde con la posición que ocupa pero adaptándose siempre con elegancia y de manera contextualizada para evitar un envaramiento rígido que cause un efecto contrario al procurado, esto es, la afectación petulante y el ridículo. En ese sentido, viene a colación recordar la sabiduría popular, que nos traslada lo siguiente: "en cualquier sitio, te reciben en función de cómo te presentas y te despiden según te comportas allí". 

De todo lo anterior, que no pretende agotar el tema ni incurrir en un listado tedioso e inoperante de consejos o advertencias, podemos concluir que todos aquellos que tienen éxito en el ejercicio de la dirección o jefatura que ocupan siguen, de una u otra manera, estos elementos básicos. Todos ellos constituyen aspectos inherentes a la diplomacia, siendo ésta, a su vez, uno de los atributos esenciales que caracterizan el liderazgo.

"El ejercicio de la diplomacia y las insuperables ventajas que aporta a la búsqueda de la excelencia."