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05 marzo 2015

Diario de un perfecto imbécil (18): con la política hemos topado (3ª parte).


El oficiante carraspeó emulando el gemido de una hiena asmática y jadeante (sí, sé que es un poco rebuscada la comparación, pero rigurosamente ajustada al hecho descrito) ya que varios de los acólitos congregados en la sala aún proseguían sus bromas y jaculatorias (había dos o tres hablando solos, para sí mismos...) en vez de prestarle la atención que tímida y apocadamente solicitaba. Tenía yo la impresión de que el telonero, pues ése era el rol de nuestro amigo en ese momento, no estaba muy ducho en los menesteres de platicar en público que requería la politiquería al uso y que, de alguna insospechada manera, algún jerifalte de medio pelo le había sugerido que aceptase el honor de oficiar el comienzo del acto. El mozo, disciplinado como él solo y con ganas de hacer carrera en este ámbito, tenía perlada la frente de sudor mientras intentaba dirigirse al respetable en los siguientes términos...

- "Compañeros y amigos, ejemm... en primer lugar quisiera daros la bienvenida a esta sesión de trabajo que comenzamos en este momento. Casualmente, -en este instante sacó un papel arrugado del bolsillo- la asamblea nos ha hecho llegar a la Organización del partido una propuesta para formar la mesa que dirigirá el acto..."

Mi amigo me miró con los ojos abiertos como preguntándome si él, neófito aunque ilusionado militante de nuevo cuño, podría albergar el honor de ser elegido ya, en esa primigenia ocasión, para tan desmedido honor. Lo miré con media sonrisa para que interpretase mi empatía cuando en realidad estaba pensando, "pobrecito mío, lo imbécil que era si atisbada en su tierno corazón, aunque sólo fuera de manera nebulosa e indeterminada, esos pensamientos."

- "Bien, como os decía. Por favor, pasad a ocupar vuestros puestos si sois tan amables..."

Hilvanó como pudo, con plática tartajosa y circunspecta, los nombres de una mujer y dos hombres para que subieran al estrado. Todos ellos, como quien no quiere la cosa, pletóricos de optimismo y sumamente orgullosos de su elección para tan magna solemnidad . Me maliciaba yo, que asistía al evento como etólogo improvisado, que ningún elemento de la liturgia que estaba presenciando era casual y que todo, por informal o inopinado que pareciese en esos momentos, obedecía a un simbolismo de carácter mistérico que se me escapaba, por no ser yo iniciado en estos arcanos, pero que tendría ocasión de interpretar más adelante. Mi buen amigo Antonio -ya les digo, el pobre era un poco idiota, dicho esto en el sentido primigenio de la expresión que le daban los griegos- se vino abajo y adoptó una postura alicaída e inapetente, cual marioneta desmadejada, hasta que le animé dándole un pequeño codazo para que recompusiera su desgarbada figura que se encontraba desgalichada en la silla, con la mirada perdida en el horizonte. Me miró y abrió los ojos. Lo observé con afecto no exento de comprensión, "¿qué le iba a decir al pobre en esos momentos?..."


Tras la brevísima intervención del maestro de ceremonias, por denominarle de alguna manera, la presidenta de la mesa se dirigió a los presentes. Poca improvisación habría en tal designación, que me digo yo inocentemente, cuando la colega sacó un papelito que, a modo de chuleta, le ayudó a romper el hielo con su "espontánea" alocución a la masa allí congregada.


- "Queridos compañeros y compañeras, amigos y amigas,... querría agradeceros, en primer lugar, vuestra presencia en este acto en el que, como primer punto del orden del día, según me apunta la Organización, quisiera cederle la palabra a nuestro amigo y compañero Juan Díaz. Por favor, Juan, puedes subir al estrado para comenzar tu intervención..."

Empezaba a cabrearme un poco con tanto amiguismo, compañerismo, compadreo, camaradería... Lo que yo pensaba, confirmándose vertiginosamente por momentos; aquí el personal manejaba unos cuantos términos de léxico obligado y ritual que obraban un efecto simbólico, al tiempo que catártico para apartarse del lenguaje plano de la calle. De alguna manera tendría que notarse, digo yo, que representaban a los elegidos de la ciudadanía y que sus ritos poseían toda la liturgia, parafernalia y jerga especializada que los separaba del vulgo.

El tal Juan Díaz abrió la boca. Tras los saludos de rigor que, me perdonarán por razones obvias el hecho de no repetirlos otra vez, contenían los mismos elementos manidos y reiterativos de sus teloneros (como diría un juez, se da por reproducido este aspecto del discurso en aras de la economía procesal), comenzó a recitar unas estadísticas. Al parecer, dicho jerifalte daba cuentas a través de su alocución a la asamblea de todas las actividades y logros exultantes de su afortunada gestión a lo largo del último año. Ocupaba un cargo que era algo así como responsable de la organización. Comenzó su homilía en tono sosegado y mortecino aunque, como por arte de ensalmo o brujería, comenzó a incorporar unas mayores dosis energéticas a medida que proseguía su arenga, reforzando determinados términos al tiempo que provocaba entusiastas aplausos entrecortados de sus conmilitones y forzaba su belicosidad discursiva hasta alcanzar espasmos y temblores de infarto entre los entregados espectadores. Alucinado me hallaba al ver a tantos hombres y mujeres, hechos y derechos, dejarse persuadir por tan burdos recursos retóricos que hubiesen hecho fenecer de apoplejía al más torpe de los senadores de la Roma imperial, en el supuesto improbable que el amigo Juan hubiese sido admitido a la noble casa del Senado.

Mi amigo Antonio seguía ensimismado y boquiabierto el discurso del ponente, aplaudiendo como el que más y dándome codazos de complicidad. En esto, me dedicaba yo a reflexionar tras mis observaciones etológicas, ya que tenía tanto a mi lado como delante a los que parecían ser importantes miembros de la manada, que no se privaban de hacer algún que otro comentario ocasional al discurso. Intentaré resumir algo de lo que percibí ya que, por razones obvias, no me fue posible anotar nada en esos momentos. Parece ser que el tal Juan era un miembro significado del sanedrín que meneaba el cotarro en la agrupación. Segundo de a bordo del tal Julio, el diputado, dedicaba sus tardes a controlar no sólo el partido sino la estructura familiar (el clan) que lideraba aquella agrupación. Hombre del "aparato", como le definieron alguno de los bocazas que tenía a mi vera, moriría y mataría por Julio, si hubiese menester. El caso es que, supongo que para pagar sus innumerables servicios prestados, le había caído encima una canongía en una empresa municipal que, controlada por los tentáculos políticos familiares, le permitía disponer de mucho tiempo libre para dedicarlo a su verdadera vocación, que era la de la movilización y control político de la organización. Era, ni más ni menos, que lo que en el argot se conocía como un fontanero. Aquella persona que no siendo especialmente brillante pero altamente eficaz y eficiente en el backstage, que dirían los entendidos de la farándula, ocupa un puesto destacado dentro de cualquier estructura corporativa de poder y que dedica todos sus esfuerzos a llevar a cabo cuantas acciones encubiertas o transparentes sean necesarias para que todo fluya como tiene que fluir, esto es, permitiendo obtener los máximos réditos para la facción que representa, en cada momento y ocasión.

Enredado estaba yo en las reflexiones que acabo de plasmar en estas páginas cuando, tras la intervención del ponente, la presidenta de la mesa realizó una propuesta a la asamblea. Parece ser que, como resultado de la homilía del fontanero, se había planteado la posibilidad de constituir una comisión de estudio para analizar lo que, supuestamente, iba a ser el objeto de la sesión a la que estábamos asistiendo. Sí, el tema era tan complejo que tenía que configurarse un gabinete de crisis por no sé qué oscuros motivos. Consecuentemente, la jefa de ceremonias preguntó con tono mortecino si había alguien que se presentara voluntario para tal cometido. Esas palabras, el contexto y el nicho ecológico en que me encontraba despertaron mis instintos de cazador y me generaron cierta perplejidad. No me cuadraba, simple y llanamente, esa petición o, cabía la posibilidad, me estaba equivocando soberanamente en mi análisis inicial. Pero bueno, cosas más raras había visto en la vida. Antonio, despabilado tras la arenga perpetrada por el señor de las cloacas -no es un término ofensivo, sino descriptivo, que conste- levantó su mano como si de un resorte se tratase y musitó un suave "... a mí me gustaría formar parte de esa comisión...". Les juro que no tuve tiempo de agarrarle el brazo ni de pegarle una patada. Me cogió en fuera de juego, por lo que me mordí la lengua y musité un insulto en arameo que sólo, debido a mis profundos conocimiento filológicos en el ámbito de las lenguas semíticas, pudo causar perplejidad y extrañeza en el señor que estaba sentado a mi vera. La presidenta lo miró con perplejidad y comentó algo con el que parecía ser el "secretario de actas" o algo parecido, que la acompañaba en la presidencia. Sin mirar al bueno de Antonio, comentó que le agradecía su propuesta y que tomaba nota. Al levantar la cabeza pude ver la mirada garbosa y simpática que algunos cafres de los allí congregados dirigían a mi buen amigo. Aquello comenzaba a cuadrar y Antonio no se daba cuenta de nada. Tras varios segundos, un acólito con voz de barítono se levantó y comentó su intención de trasladar una petición a la presidencia. Se le dio la palabra y, ni corto ni perezoso, se dirigió al estrado donde hizo entrega de un papel que fue recibido por la presidenta con cara de figurante de película de romanos. Acto seguido, ante la expectación de todos, tomó nuevamente la palabra la oficiante y comunicó a los allí congregados que había recibido una propuesta cerrada de los cuatro miembros que debían componer la comisión de estudio. Sí, aunque parezca increíble, ocupando todas las plazas teóricamente "vacantes". Enumeró a cada uno de los elegidos; dos hombres y dos mujeres, en aras de la paridad y del discurso políticamente correcto, como no podía ser de otra manera, y solicitó que la asamblea votase tal propuesta a mano alzada. Sin anestesia alguna, pasaron por encima de la humilde y mendicante autopropuesta de Antonio. Éste aún no se daba cuenta de la jugada. Como si de un conjuro colectivo se tratase, todos los presentes levantaron al unísono las manos para indicar que aprobaban la comisión de estudio en los términos propuestos. Mi amigo, que me miraba sin comprender, me preguntó si podía pedir la palabra. Le dije suavemente que ni se le ocurriese, que luego hablaría con él. Aprobado por unanimidad a la búlgara, que diría un politólogo. El acto terminó poco después y todos los asistentes fueron saliendo a la plaza.

Mi amigo Antonio y el que les habla salimos tranquilamente de allí. Él, sumamente alicaído, y yo, lamentando su pesar, qué quieren que les diga. Llegaba hasta tal punto el prurito y afán de control orgánico que ni algo tan sencillo y, si me apuran, miserable, como era la elección de los participantes en una comisión de estudio, que no tendría nada que hacer más que escenificar el supuesto análisis y redacción de un documento que venía cerrado con siete candados desde arriba, quedaba fuera de su ámbito de influencia y control. Todo ello, claro está, sazonado con todos los avíos y condimentos necesarios para cocinar, en términos democráticos y participativos, cualquier decisión adoptada, en realidad, por una caterva de fontaneros correosos altamente experimentados en el manejo de los hilos escenográficos de la liturgia. Nos quedamos un rato en la plaza y alguien se acercó a nosotros. No quería yo empezar a cabrearme de nuevo pero el mozalbete tenía toda la pinta de un mañoso ojeador de fútbol. Sí, de aquellos señores que, avezados en la materia, se paseaban por los estadios de tercera división y regional en busca y captura de nuevos valores con cierto potencial. Activé todas mis alertas y me dispuse a escuchar lo que se nos venía encima.

Continuará.

"La democracia interna de los partidos y sus rudimentos organizativos."







6 comentarios:

oxýs morós dijo...

Leyendo este post me viene a la memoria lo que le ocurrió a mi mujer.

Persona inquieta, cansina como se proponga algo hasta extremos disparatados y con una visión algo romántico-revolucionaria de la vida, casi se dejó convencer (vamos,que le comieron el coco...) cuando le dijeron que era la mejor de las candidatas para ocupar el puesto de enlace sindical en la empresa donde trabajaba, un centro comercial de esos grandes. Tanto es así que se propuso estudiar la idea y hacer balance de las ventajas e inconvenientes que aquello podía proporcionarle por lo que empezó a asistir a todas las reuniones (en su tiempo libre) para ver de qué iba el tema. Yo que temía los intentos por su parte de hacer del sindicato y de los sindicalistas algo que mereciera la pena le dije: “Te conozco y la vas a liar, tú sales de ahí un día jurando en hebreo”. No me equivoqué mucho. Un día volvió a casa con una sonrisa que delataba que algo había ocurrido. Me contó que aquellas gentes eran una panda de vividores, según ella de “garganta ancha” (no sé si es que eran seguidores de Manolo Orta o es que se engullían unos a otros en las sesiones) además estaban liderados por el más tonto del pueblo y para colmo de males actuaban sin vergüenza ninguna creyéndose Dioses del Olimpo. Por lo visto, había que verlos cómo se paseaban por el Centro Comercial y lo que es peor, cómo le rendían pleitesía a un tal David, según mi mujer -cito textual- “al David de los cojxnes”.

Espero que Antonio tenga suerte en su aventura y logre con su discurso -si es que le dejan- hechizar a los presentes para que no acabe como mi mujer. Una mañana, en una de aquellas reuniones tal y como yo había previsto se le cruzaron los cables y le dijo a uno: "Anda y que les den por detrás a todos ustedes, yo me voy de aquí". Por aquellos entonces estaba preñá hasta las trancas y lo debieron interpretar como un arrebato producido por las hormonas pero el caso es que nunca más volvió a reunión alguna.

Gracias por el nuevo post. En cada uno de ellos resuelvo algún enigma.

Un saludo.

Maríjose Luque Fernández dijo...

Comparaciones que pueden resultar exagerada pero no lo son. Totalmebte correctas. Un mundo lleno de argucias, artificios, amiguismo y totalmente dispar. Tus comparaciones son s8n duda geniales amigo Juan.

juantobe1 dijo...

Muchas gracias, amiga Maríjose. Tus reflexiones son de gran interés y me alegra saber que las inquietudes que me acompañaron al intentar plasmar esta realidad, de manera "novelada", han podido transpirar el papel-pantalla y hacerse patentes a la hora de ser leídas.

Argonauta Dalianegra dijo...

Por desgracia hay mucha verdad, pero mucha, en este relato tuyo que nos cuenta cómo se mueven los hilos de la política y cómo hasta para cualquier tontería hace su aparición el amiguismo. Todos parecen engranajes de una misma máquina destinada a acabar con la poca democracia que les queda a estos sistemas nuestros. Gran relato, Juan, no sé si podré seguirlo con asiduidad, porque ahora ya en verano entraré mucho menos por aquí y con menos tiempo, y mi lista de lecturas deberá ser aparcada y atendida a trompicones, pero siempre que me sea posible me verás por aquí. Tu magnífica prosa está a años luz de lo que suele ser habitual por estos lares, así que recompensa a todo lector. Besos y feliz semana:-))

Argonauta Dalianegra dijo...

Por desgracia hay mucha verdad, pero mucha, en este relato tuyo que nos cuenta cómo se mueven los hilos de la política y cómo hasta para cualquier tontería hace su aparición el amiguismo. Todos parecen engranajes de una misma máquina destinada a acabar con la poca democracia que les queda a estos sistemas nuestros. Gran relato, Juan, no sé si podré seguirlo con asiduidad, porque ahora ya en verano entraré mucho menos por aquí y con menos tiempo, y mi lista de lecturas deberá ser aparcada y atendida a trompicones, pero siempre que me sea posible me verás por aquí. Tu magnífica prosa está a años luz de lo que suele ser habitual por estos lares, así que recompensa a todo lector. Besos y feliz semana:-))

juantobe1 dijo...

Gracias por tus palabras, Mayte. El entramado que "novelo" no aflora a la luz en la mayoría de los casos. De ser así, la ciudadanía podría abominar aún más de aquellos que se autodenominan como defensores del bien general. En cualquier caso, ahí queda mi granito de arena para la reflexión. El tiempo, nuestro eterno y cruel acompañante, jeje. Entra cuando quieras y cuando puedas, estás en tu casa. Gracias por tus palabras, aunque me abruman, me halagan. Intentaré estar a la altura de vuestras expectativas. Por cierto, he incluído en la barra lateral derecha de mi blog (como sabes, lo estoy renovando) varias aplicaciones. El "chivato" anuncia tu cara en los comentarios. También tienes una reseña directa a uno de tus blogs, que sigo con asiduidad. Abrazos y besos, amiga. :-))