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14 marzo 2015

Diario de un perfecto imbécil (20): con la política hemos topado (5ª parte).


No tardó mucho Antonio en preguntarme sobre mis impresiones en torno a lo acontecido. Comenzó, de manera un tanto tibia, a trasladarme sus ideas al respecto. Le había parecido un poco pesada la tarde y tampoco le quedaba demasiado clara la última conversación que mantuvimos con el joven "ojeador" que nos abordó y con el que compartimos unas cervezas. Tengo la impresión de que mi amigo no acababa de comprender el curioso y complejo tapiz en el que nos habíamos metido de cabeza. En cualquier caso, no se trataba de algo tan grave. Aquellos sanedrines pseudosecretos, con sus ritos mistéricos y homilías cargantes y aburridas eran moneda común en ese tipo de organizaciones. Siendo joven, había podido observar un comportamiento muy parecido en el ámbito sindical. Se trataba de personajes de pequeña talla política (muchos de ellos buenas personas, que conste fehacientemente esta circunstancia) que jugaban en un tablero que les venía manifiestamente grande. Le hacían el juego a otros, mucho más listos y aventajados que estos pobres peones y aprendices de brujo, con el fin de que pudiesen obtener el rédito clientelar que necesitaban, a su vez, para presentarse ante los cuadros provinciales y regionales como jerifaltes emperifollados de una legión acérrima de seguidores incondicionales. Todo el que jugaba recibía algo. Los más avezados conseguían, con el tiempo y esfuerzo oportuno, escalar discretamente por esa pirámide de influencias hasta obtener algunas prebendas que les permitieran vivir, aunque no a tiempo completo, de un pasatiempo o vocación que les embargaba el alma; la política.

Antonio repasó brevemente el disgusto que le produjo aquel desaire. Al menos, él lo interpretó en esos términos. Se había hartado de estudiar, analizar y subrayar el documento que, supuestamente, iba a ser debatido esa tarde. Por tanto, en su fuero interno se consideraba lo suficientemente cualificado como para formar parte de una comisión que se proponía estudiarlo más a fondo. De eso estaba yo absolutamente convencido, como también lo estaba de que el curioso panel de expertos que se había pertrechado para dicho cometido no profundizaría más allá de la primera hoja del documento para establecer sus conclusiones definitivas, que les vendrían dadas por anticipado y que ellos, mansamente, acogerían como propias para justificar y legitimar el eterno proceso democrático que, de manera ideal aunque absolutamente ficticia, legitimaba los principios democráticos internos del partido. Por tanto, Antonio manifiestaba su disgusto sobre ese particular. No obstante, quedó gratamente sorprendido y, diría yo, halagado por el hecho de que lo que él consideraba un cuadro cualificado (tengo yo mis dudas razonables a ese respecto, pero no quise desvelarlas en ese momento) del partido hubiese tenido la deferencia de dirigirse a nosotros y, de manera cordial y desinteresada (aquí sigo siendo, como mínimo agnóstico) explicarnos los rudimentos internos de la organización; los procesos de toma de decisiones.

Sin mayor dilación le trasladé mis impresiones que ya he ido esbozando a lo largo de las páginas precedentes. En primer lugar, respetaba profundamente su vocación política e interés por participar en cualquier partido. Cada uno hace lo que puede y quiere con su tiempo y esfuerzo siempre y cuando, lógicamente, no perjudique a terceros que no tienen nada que ver con él o que son inocentes víctimas de historias que no les competen. Consecuentemente, si quería consagrar varias tardes a la semana a las reuniones, oficiales u oficiosas, allá él. Yo tenía muy claro que ésa había sido mi primera y última visita a las instalaciones de la congregación de acólitos. Mi visión particular al respecto es muy simple. Me interesa la política porque considero que se trata de una poderosa herramienta de transformación social. En un estado democrático, como el que afortunadamente disfrutamos, la democracia, que permite la existencia de los partidos políticos, es la menos mala de las formas de gobierno. Y digo menos mala porque hay otras mucho peores y siempre será mejor que haya sinvergüenzas y corruptos que se aprovechen de su paso por la política para enriquecerse que la alternativa maximalista de que nos venga un dictador a fijarnos por la fuerza nuestros destinos. La política, bien encauzada, puede modernizar una ciudad, región o estado y mejorar significativamente la calidad de vida de sus ciudadanos. ¿Cómo podría no interesarme una actividad con un potencial tan enriquecedor? Lo que tengo claro, cada vez más, es la sarta de golfos, caraduras y tunantes que, aprovechándose de estas circunstancias, se apuntan al carro de la política para beneficiarse a sí mismos y a sus acólitos, descuidando la mejora de su entorno y la gestión honesta y rigurosa de los intereses de los ciudadanos.

Las maquinaciones y negociaciones diversas son algo consustancial a la vida política. No soy tan iluso ni he nacido ayer para pensar que las cosas se sustancian y gestionan exclusivamente en los ámbitos formales de las organizaciones. La verdadera vida que rige los destinos y las decisiones que se adoptan por los órganos formales de cualquier corporación se gesta en reducidos círculos en los que se cuece el poder y la capacidad de tomar decisiones. Hasta ahí, nada que objetar; es algo humano y absolutamente comprensible. El problema residiría en utilizar todos estos instrumentos, herramientas y procedimientos para un fin de difícil y oscura legitimidad. Si de todas esas reuniones y encuentros se desprendiesen decisiones honestas y con profundo calado social, no tendría nada de lo que quejarme. El dilema de la cuestión residiría en la capacidad ética o moral de los que tienen la capacidad de tomar esas decisiones. Intuyo que, para ciertos personajes siniestros, puede ser difícil distinguir entre el interés social y el beneficio propio pero, por eso mismo, aquellos que merecen la confianza de los votantes deberían de poder acreditar (sé que esto es prácticamente imposible) su altura moral a través de mecanismos eficientes y transparentes, no sólo utilizando manidos discursos y frases hechas que lo mismo sirven para tapar un roto que un descosido. El terreno de lo mistérico y oculto que subyace en este tipo de organizaciones permite y posibilita que un reducido grupúsculo de iniciados controle absolutamente todos los resortes de poder interno. Lo primero que aprenden cuando llegan a la cúspide de la pirámide, a la que tanto esfuerzo y desvelos les ha costado escalar, es a controlar el acceso de otros con idénticos y legítimos intereses. La cooptación con tintes mafiosos funciona como eficaz mecanismo selectivo para depurar ideológicamente el acceso de muchas personas interesadas vocacionalmente en dedicarse a la política pero que no estarían dispuestos a rendir pleitesía a sus señores feudales y, por lo tanto, podrían poner en juego el status quo de la organización, tal y como esos señores lo conciben. Ése es el quid de la cuestión. Si se permitiese el acceso a personas honestas y con principios, aquellos que ocupan posiciones de poder y carecen del más mínimo atisbo de honestidad y de fundamentos éticos podrían perecer en una hoguera; tendrían que "salir por patas" antes de ser fulminados y expulsados de la organización. Eso es algo, humano es y hay que comprenderlo, que su instinto de supervivencia política (hábilmente desarrollado a lo largo de muchos años y cruentas batallas intestinas) no podría permitir, por lo que siguen una suerte de darwinismo social que justifica y legitima la exterminación de los más débiles, aunque puedan ser los más honrados y capaces para gestionar los intereses de la ciudadanía a la que, supuestamente, sirven desde sus cargos y magistraturas.

Por tanto, ni rechazo la política ni la participación en la misma; no me considero un idiota, en el sentido prístino y primigenio que los griegos daban a esta palabra.  Sí me opongo frontalmente a convertirme en una marioneta desprovista de ánima que pueda ser manipulada a su antojo por correosos cantamañanas cuyo único mérito intelectual reside, a lo sumo, en memorizar los puntos claves de un programa electoral y recitar como loros enajenados, cuando tienen ocasión de hacerlo, el argumentario que les hace llegar la dirección del partido político. Desprovistos de la más mínima capacidad crítica, de la que se han despojado si es que la tuvieron en algún momento de su existencia, se convierten en clones y replicantes arquetípicos que se limitan a reproducir esquemas de comportamiento que la ciudadanía comienza a reprobar y aborrecer. Los más inteligentes entre ellos, que los hay, han comenzado a cambiar su discurso con objeto de sobrevivir al huracán social, parecer más humanos y aparentar mayor cercanía hacia el ciudadano de a pie. Como los corchos de las botellas de champán del Titánic, evitan hundirse en los momentos de zozobra y naufragio, transmutando su perfil de agentes del aparato político en ciudadanos comprometidos que, asqueados y profundamente ofendidos en su amor propio, detestan las malas artes que ellos mismos han podido utilizar para encumbrarse y prometen desterrarlas de la praxis política. Ése es, le comenté a mi buen amigo Antonio, mi análisis de la política que vivimos en la actualidad; de andar por casa, por supuesto.

Antonio me acechaba estupefacto, no sé si acongojado o perdido tras estas divagaciones a las que había podido asistir a lo largo de nuestro deambular peripatético. Mirándome a los ojos, me preguntó suavemente que por qué no me dedicaba a la política. Al parecer, aunque no había sido mi intención, le había sobrecogido mi improvisado discurso y estaba absolutamente de acuerdo con el mismo. Lo miré, dándole una suave palmada en la espalda, y proseguimos nuestro tranquilo paseo hasta nuestros respectivos domicilios charlando sobre cosas menos trascendentes. Tampoco había que rasgarse las vestiduras y mañana, afortunadamente, amanecería como cada día y nuestra existencia seguiría discurriendo a través de otros derroteros que nos eran más gratos y familiares.

"La visión de la política como arte y dedicación consagrada al servicio de la ciudadanía."







4 comentarios:

Siloe Sombra dijo...

Con la política hemos topado... y basicamente comparto tu modo de ver la situación.
El problema( no se de que otro modo llamarlo) es que antes las sociedades eran tribus donde sus habitantes miraban unos por otros... y ahora al ser sociedades enormes, trasladamos eso a nuestro día a día, y lo que en un principio era para todos, ahora es solo para los que piensan como yo, o para los que suscriben mi forma de pensar... o para los que aprecio, o me siguen, en fin, el poder corrompe, y el dinero manda, no te compliques la vida.
Un placer leerte.
Reme.

Maríjose Luque Fernández dijo...

Comparto el punto de vista de Siloe. Hacemos todo tan complicado. Algo tan sencillo............. corrupción, poder.... es al final lo que transciende.... en todas las facetas de la vida...y en la política es donde más se funde....

Un punto de vista el tuyo bien narrado y enfocado a través de unos cuantos capítulos,, je,je... pero que hacen que la inmersión en ese mundo a través de alguién ajeno a él vislumbre ese gran desconocimiento o conocimiento de muchos.

Cada capitulo ha sido bueno, el conjunto aunque sería extenso es genial Juan. Besos ... Y mis sonrisas seguirán tus letras a donde quieran que vayan...

Marybel Galaaz dijo...

Triste pero cuando un político no está controlado por la institución, la corrupción está servida. La cueva de Ali Baba está a su disposición con la tranquilidad de saberse impune, como.
No he leído los anteriores pero éste está muy bien narrado. Sabes transmitir muy bien el estado emocional de Antonio y reflejas una situación hartamente conocida...
Un saludo

Eva Mercader dijo...

¡Menudo análisis compañero! Comparto tu punto de vista en muchos aspectos y más centrándonos en nuestra querida España actual. Sin embargo, trasladando el problema a otros ámbitos, creo que la podredumbre nos persigue allá donde vayamos. ¿Estará en nuestra naturaleza? ¿Hobbes venció a Rousseau? Según mi experiencia, "O mueres como héroe (entendiendo morir como retirarse) o vives lo suficiente como para verte convertido en un villano". La frase no es mía es de Chris Nolan en "Batman, the Dark Knight".
Enhorabuena por un diario tan intenso. Besos.