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08 junio 2015

SAULO

Relato corto

Al amanecer de aquel día gris se encontró agarrado a los mohosos barrotes del único orificio existente en la pared de su celda, aquel cubículo infecto donde pasaba con desesperación los días. Era la única manera por la que podía acceder a la luz del sol. A duras penas, ese mísero hueco le permitía seguir en contacto con el mundo. Éfeso, aquella industriosa ciudad que había pateado hasta romperse las piernas, le había acogido en momentos de bonanza y ahora le desterraba a la miseria de una infecta prisión por el mero hecho de que su particular cosmovisión se alejaba de lo que aquellos jerarcas corruptos consideraban como correcto y ajustado a sus mundanos y miserables preceptos. Siempre se topaba de bruces con la miseria de estos enanos morales, los jerifaltes que ostentaban en el poder. Suponían que todo aquel que compartiese la buena nueva a sus hermanos era un sospechoso disidente. Estuvo a punto de olvidarlo todo, más de una vez. El recuerdo del Maestro, aquel ser humano excepcional, era lo único que le permitía seguir avanzando en los múltiples momentos de sozobra por los que atravesaba en los últimos tiempos. Alzándose un poco y con suerte podía ver desde su obligado cautiverio las orillas del Egeo, ese maravilloso mar, compañero de historias y reflexiones apacibles.


Atrás quedaron aquellos años turbulentos de su juventud en los que, fiel a sus principios fariseos, se entregó con fervor a la persecución y exterminio de aquellos herejes del judaísmo. Lloraba en silencio en su celda al recordar al pobre infeliz, Esteban se llamaba, cuando fue brutalmente lapidado en Jerusalén por aquellos que consideraba hermanos en su fe, sirviendo incluso como guardián ocasional de sus vestiduras mientras éstos arrojaban enormes pedruscos al indefenso diácono. Recordaba también aquella brutal caída del caballo mientras se dirigía a Damasco. Algo dentro de su cabeza estalló y lo fulminó. Nunca supo, a ciencia cierta, el motivo de tal ataque y tampoco le sirvieron de alivio aquellos comentarios absolutamente desproporcionados de los testigos pasmados que asistieron a la escena. Llevaba tiempo ponderando, en lo más hondo de su corazón, la iniquidad de su vida. Quizás aquello fuese una señal de algo que se le escapaba. Algo cambió en él para siempre tras aquel accidente.

Lo único que le mantenía con fuerzas era intentar forjar una alianza entre aquellas comunidades incipientes que comenzaban a florecer gracias a sus desvelos y al de otros hermanos que, muchos de ellos, habían perecido fruto de la incomprensión de gente sin escrúpulos. Pretendía estrechar vínculos espirituales, que no políticos. Al parecer, en ese mundo que le había tocado vivir, algo tan simple era incomprensible. Intentó rescatar de la memoria aquellos fragmentos que le habían venido a su mente a lo largo de la noche. Careciendo incluso de un mísero trozo de cirio que pudiese iluminarle durante la oscuridad, tenía que esperar a que la penumbra que invadía la celda apestosa que ocupaba le permitiese trazar algunos garabatos en el trozo de papiro que aquel hombre honesto que ejercía de guardían le había procurado a escondidas. Continuó con la escritura de la epístola a sus hermanos los filipenses en ese preciso momento: "...mis hermanos, todo lo que es verdadero y noble, todo lo que es justo y puro, todo lo que es amable y digno de honra, todo lo que haya de virtuoso y merecedor de alabanza, debe ser el objeto de sus pensamientos." 




7 comentarios:

María Campra Peláez dijo...

Un relato precioso, triste pero muy bien relatado. Unas ultimas palabras escritas en un lienzo robado. Genial. Un abrazo.

juantobe1 dijo...

Amiga María, muchas gracias por tus palabras de reconocimiento. Es grato saber que te ha gustado. Un abrazo!

juantobe1 dijo...

Fragmento del comentario que publiqué en los comentarios de la Comunidad "Cuentos Sabios", donde lo publiqué originalmente y que explica el proceso creativo de este pequeño relato:

"Las palabras del reto me gustaron mucho. Me dejaron una sensación inédita hasta el momento que no podía despachar con un párrafo que incluyese alusiones ni manidas ni facilonas. Me sugirió una trama. Era un reto personal, un meta-reto, por encima del divertimento tan agradable que aquí nos ocupa. Osado de mí, fui perfilando a lo largo del día de ayer ni más ni menos que el personaje clave (al menos, uno de los más importantes) del cristianismo. Nada más y nada menos. Como comprenderéis, he llevado a cabo cierto proceso de documentación (no muy amplio), absolutamente necesario para ubicar física y temporalmente al personaje de Saulo/San Pablo/Pablo de Tarso. Quería huir, no es mi estilo, de algún escrito hagiográfico que glosara su figura. Las epístolas paulinas, los Hechos de los Apóstoles y la literatura bíblica tienen, como es obvio, miles de lagunas. No hay demasiados detalles sobre los cautiverios que tuvo. He ahí la magia (o la catástrofe) del enmarque. Tenía un terreno prácticamente virgen para ubicar a la persona, con toda la crudeza y respeto que me merecía, os lo aseguro, y evitando herir susceptibilidades. Describí la angustia del personaje/persona como yo la hubiese vivido, siendo fiel al marco temporal, espacial y documental. La Epístola a los Filipenses está datada, por diferentes fuentes, entre el 59 y 63 d.C pero no podía hacer referencia al año ya que en esa época no se contaban los años por la fecha de nacimiento de Cristo y Saulo (San Pablo) podía haber incurrido en un anacronismo si databa la escena. Fue mucho después, en la Edad Media, cuando se ajustaron los cómputos. La lapidación de Esteban está comprobada históricamente, así como la caída del caballo cuando, persiguiendo cristianos, se dirigía a Damasco. Como habréis podido apreciar, no atribuyo ningún elemento mágico ni milagroso a esa caída. Es más, cualquier profano podría colegir a partir del texto que se trata de una situación compatible con un ictus o accidente vascular (síncope vasovagal incluído). El texto final es parte de la epístola citada." FIN

Fatima Rojo Delgado dijo...

Voy a ser breve, me ha encantado《qué grande eres》, un abrazo, amigo.

Mila Gomez dijo...

Siempre queda en los pensamientos la mejor manera de sobrellevar la vida. Un buen relato, como todos los que nos compartes amigo escritor.
Un abrazo sincero.

Maríjose Luque Fernández dijo...

Debí soñarlo, pero creí haberlo comentado cuando lo leí, ahora mientras escribo recuerdo que tal vez, lo escribí en aquella comunidad donde coincidíamos a veces, pocas.. "cuentos sabios". Ese buen hacer con las letras, el saber poner un escenario, dotarlo de realidad, vestirlo de momentos y adornarlo con un toque de historia.. Es todo un arte el saber escribir amigo, y tu lo haces, y además dejas entre líneas esos pensamientos que quedan y sobre los que pensar... abrazos y besos mi querido amigo..............

Francisco Antonio Còrdova Guzmàn dijo...

Una verdadera epistola al pensamiento va mas alla del relato. Felicitaciones.