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22 julio 2015

AMANE, el sonido de la lluvia (1)

El traqueteo de aquel tren y la observación tranquila del paisaje absolutamente verde a través del cristal evocó en su apacible estado de ánimo recuerdos de una vida. Aunque no llovía de modo torrencial, desde aquella tarde que acababa de venir a su memoria, se había convertido en un ávido y maravillado observador de su efecto al impregnar de minúsculas gotitas los cristales. Esta observación, aparentemente insignificante, le había sugerido incontables vivencias a lo largo de los últimos años. Nunca, hasta esa desapacible tarde en aquella ciudad costera, a orillas del Cantábrico, había sido capaz de mirar y escuchar a la lluvia, fuente de vida, de esa manera. Dejó el libro que estaba leyendo en su regazo y, respirando hondo. Disfrutó del paisaje mientras que recordaba aquel primer encuentro, hacía casi dos décadas...


Se trataba de una pequeña gira promocional. Aunque compatibilizaba mi labor de escritor a tiempo parcial con otros trabajos en el mundo de la edición, había conseguido unos días libres en la empresa para poder promocionar mi último libro. Mi agente y amigo, un correoso personaje del mundo de las letras que manejaba con guante de seda y puño de hierro el "back stage" de aquel inframundo, me había proporcionado varios contactos y me preparó ese otoño una pequeña gira por el norte de la península. Ciudades con cierto ambiente cultural que permitiesen una digna y esperanzadora promoción a mi incipiente carrera literaria. No andaba sobrado de fondos y tuve que emplear mi propio vehículo para desplazarme, cosa que no me disgustaba especialmente. Avanzar sin especiales prisas por aquellas carreteras me permitía detenerme en tranquilos hospedajes y contemplar un paisaje especialmente hermoso que poco tenía que ver con aquel entorno urbano en el que pasaba mis días. 

Tras la conferencia-coloquio que tuvo lugar en aquel círculo literario, donde fui asaltado a preguntas sobre mis últimas publicaciones por un público cultivado y gratamente sorprendido de que un autor de cierto renombre se acercase a ellos, me dispuse a despedirme del lugar con objeto de poder descansar antes de emprender, al día siguiente, camino hacia el siguiente encuentro con mis lectores. No obstante, algo intangible me retuvo. Fue un pálpito, algo que no podía concretar en esos momentos. Me había percatado durante aquel acto literario que me había asaltado una etérea sensación de ser observado, con respeto y prudencia, por una chica que, en la tercera fila, no dejaba de tomar notas en un pequeño cuaderno y lanzarme miradas con mucho interés. No había provocación en sus ojos, ni nada por el estilo. Éstos, de un delicioso y sugerente color miel, me miraban tras unas bonitas gafas que hacían su rostro menudo sumamente atractivo. Melena suelta y atuendo informal, pero elegante, eran los primeros retazos que me llamaron poderosamente la atención. Me considero un hombre prudente, curtido y discreto, habituado a sobrevivir a incontables batallas y escaramuzas, con más de una cicatriz. No quise incomodar con la insistencia de mi mirada a la que podría ser una buena lectora y aburrida madre de familia con ciertas manías literarias. Por tanto, dejé pasar el tema en ese momento, evitando focalizar en ella mi atención, para centrarme en la charla que mantenía con otro de los contertulios en ese preciso instante. 

La sorpresa me llegó en forma de aroma. Cuando recogía mis bártulos para guardarlos en mi pequeña maleta de cuero, sentí una presencia a mis espaldas. Me incorporé y, al volverme, pude apreciar la delicada figura de una mujer que me miraba con interés, a tenor de la dilatación de sus pupilas. Prácticamente de mi altura, adopté una estudiada pose de agradecimiento para, expectante, poder atenderla como se merecía cualquier persona, en general, y una lectora de mi obra, en particular. Ella, con naturalidad dentro de su aparente timidez, me pidió que fuese tan amable de firmarle el ejemplar de uno de mis libros, que agarraba con su mano derecha. Me invitó a cogerlo. Me tendió también una bonita pluma que estaba impregnada del aroma fresco y tierno que su dueña desprendía. Me dispuse a firmarle el libro con amabilidad, no sin antes preguntarle su nombre para podérselo dedicar. Amane, me dijo. Resolví con cierta destreza la perplejidad que aquel bonito y musical nombre me había evocado. 

- ¿Amane?, le pregunté.
- Sí, "el sonido de la lluvia". Mi madre era una enamorada de la cultura japonesa y decía que, en el momento de alumbrarme, pudo sobrellevar con cierta entereza los dolores del parto concentrándose en el sonido de la lluvia, que golpeaba con fuerza los cristales de su habitación. 

Me quedé mirándola muy fijamente, con un esbozo de sonrisa en mis labios, al percatarme de la soltura y desparpajo con que se había explicado. 

- También, añadió ella, puedes interpretarlo como "el sonido de los cielos"
- ¿Y Ama-madre en Euskera, no?, le dije.
- En efecto, mi madre era vasca y concilió todas las posibilidades en esa afortunada elección, tan bonita y musical . Creo que acertó de pleno.
- Yo también lo pienso así. Le dije, sin poder evitar aguantar su mirada limpia y juguetona.

El caso es que tras cruzar varias frases con ella, me di cuenta que me estaba encantando aquel improvisado intercambio de impresiones. No fue tanto por lo elevado del discurso; bastante harto estaba ya de tratar con pedantes irredentos que, dándole mil vueltas a mis escritos, pretendían traer a colación interpretaciones que, a fuerza de ser honesto, ni yo mismo me había planteado nunca. Me encantaba su naturalidad y la sencillez con la que hablaba. Su voz, para qué mentirme, también tenía matices muy sugerentes. Era algo que no supe explicarme entonces. Algo más cercano a un pálpito, a una impresión intangible lo que me llevó, pasados unos minutos, a invitarla a un café. Aceptó con naturalidad, lo que me llenó de satisfacción. Tenía tiempo suficiente para una animada charla con esta desconocida, que me atrajo a niveles como hacía mucho tiempo que no alcanzaba a recordar.


Sorteando los charcos, cruzamos la calle y nos resguardamos en una tranquila y pequeña cafetería cerca de donde se había desarrollado la charla. El sitio, prácticamente desierto a esas horas, nos permitió recogernos en una mesa cercana al cristal, desde donde se veía la calle. Seguía lloviendo. Ella pidió una infusión; te rojo con corteza de limón y azúcar moreno. Yo, sin saber por qué, pedí lo mismo. 

Verla allí, sorbiendo apaciblemente de la humeante taza mientras me preguntaba cosas curiosas de mis escritos me generó una intensa satisfacción. No podía haber imaginado que nadie se hubiera tomado tanta interés en las tres novelas que había publicado hasta ese día. Apuntó matices muy sugerentes sobre la psicología de los personajes que me dejaron sumamente impresionado. Sin darnos cuenta, anocheció. Lo que, en otra época, hubiese terminado posiblemente como una esporádica y efímera aventura de sexo furtivo y clandestino derivó por otros derroteros ya que si algo me encandilaba de aquella mujer era su sonrisa, esbozada con unos labios finos y bien dibujados y sus ojos absolutamente sobrecogedores. Tras más de dos horas de charla en que hablamos de lo divino y humano, compartiendo muy diversos puntos de vista, me dijo que tenía que marcharse. Me quedé de una pieza ya que tan abrupto corte en la maravillosa charla que manteníamos me despeñó por un abismo que era inimaginable varias horas antes. Anotó en una hoja de su cuaderno algo que no pude identificar en ese momento, la arrancó, la dobló con suavidad y me la pasó. No me podía creer que se marchara. Con una sonrisa cómplice, me susurró al oído...

- ¿Sabes? Te dejaría que me robaras un beso...
- No me parece justo, le dije. Te devolveré uno a cambio, así quedaremos empatados.

En el apacible entorno que nos cobijaba, acerqué tímidamente mis labios a los suyos y nos fundimos en un apacible encuentro entre dos soledades que se habían cruzado mágicamente en ese particular momento. No me pareció prudente ni razonable proponerle nada más. Me habría resultado imposible ya que había quedado paralizado por la magia del furtivo roce de nuestros labios. En cualquier caso, se levantó lentamente sin dejar de mirarme y me guiñó un ojo cuando despacio y de manera absolutamente majestuosa, comenzó a caminar hacia la puerta del local. Su culo, absolutamente hermoso y sugerente, tras unos vaqueros que realzaban esa deliciosa parte de su anatomía, adquirió vida propia a medida que avanzaba despacio, ondulando sus caderas. Su caminar era natural y fluido, nada forzado. Tuve que poner la cara de tonto más grande que había puesto en mi vida porque cuando, antes de cruzar la puerta, se volvió para mirarme, esbozó una amplia sonrisa y me dijo adios con los labios.

Tras varios instantes de pleno desconcierto, me dispuse a leer lo que había escrito en la hoja de su cuaderno. La desdoblé y me di cuenta que...

Continuará...


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