Mi biblioteca

10 agosto 2015

LA ÚLTIMA CARTA


Avanzó lentamente por las crujientes tablas del malecón mientras contemplaba el viejo faro bicolor que, hierático, seguía presidiendo la entrada del puerto. En su niñez, hace tantos años que le costaba recordar, había jugado entre sus tablas al tiempo que los operarios del puerto se afanaban en su construcción. Ahora, disfrutó del olor a mar con los ojos cerrados mientras que ganó con cierta dificultad el final de la estructura. Las nubes que se dibujaban en el cielo le conferían a ese atardecer una especial tristeza, casi teñida de sepia.

Hombre metódico y prudente, quiso asegurarse que todo permanecía igual que lo había recordado toda su vida. Se palpó el bolsillo para asegurarse que su última voluntad se alojaba dentro de aquel pequeño sobre. De poder elegir, prefería que la mar, su fiel compañera, lo acogiese finalmente en su plácido seno cuando sus postreros restos, en forma de ceniza, dieran por finiquitada su existencia. No era mal lugar para despedirse de todo. Una extraña paz le acompañó a la vuelta a su casa. Esperaba llegar antes que anocheciera porque, aunque el pueblo era pequeño, cada día que pasaba realizaba un esfuerzo sobrehumano para intentar recordar aquel trayecto que sus sarmentosas piernas habían recorrido infinidad de veces.









1 comentario:

Eva Mercader dijo...

Bellísimo relato, amigo Juan. Al final, solo nos queda la memoria, los recuerdos de toda una vida. Al final de todo, solo quedan unos ojos brillantes, llenos de curiosidad y tristeza, luchando por saber nombrar las cosas.
Un abrazo.