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09 septiembre 2015

JUGANDO CON FUEGO


- No juegues con fuego; te quemarás. Podrás escapar de muchos incendios, pero llegará el día en que algún descuido, una concatenación de casualidades, una conjunción adversa de los astros o un despiste insignificante te harán perder la partida.
- Lo sé, estoy harto de escuchar tus sermones. Crees que actúo así por frivolidad o vicio, pero no puedes llegar a imaginar la fascinación, el brillo, textura y forma que adquiere el fuego que se consume lentamente. Su crepitar exalta mis sentidos y quedo extasiado con su contemplación. Prácticamente nada se le resiste. Tiene poder; inmenso. Adquiero su fuerza porque lo controlo y puedo llegar a dominarlo.
- Dices bien. Te comprendo y puedo llegar a ponerme en tu lugar. Es algo superior a ti; lo sé. Está en tu naturaleza. Lo llevas muy dentro desde que naciste, al menos desde que tienes uso de razón. No me pasaron desapercibidos, aunque aún no me conocías, aquellos experimentos infantiles en los que te divertías quemando las alas de aquellas inocentes moscas que atrapabas pacientemente para someterlas a ese ritual que muy pronto se instaló en tu vida. En el patio trasero, convenientemente resguardado del viento y de las miradas indiscretas de tus padres, dedicabas las tardes a encender aquellos fósforos que sustraías hábilmente de la cocina. Con paciencia impropia de tu edad, conseguías inmovilizar a esos pequeños insectos mientras los torturabas con calma, sistemáticamente.
- Ellas no sufrían. Su sistema nervioso no está tan desarrollado como para que pudieran ser conscientes plenamente del dolor infligido. Además, antes de inmolarlas en ese ritual de purificación las metía unos minutos en el congelador. Así, atontadas, anestesiadas convenientemente, eliminaba prácticamente cualquier padecimiento. Cierto es que tuve que controlar el tiempo de exposición al frío extremo porque varios ejemplares perecieron congelados y eso impedía que el acto de purificación fuese pleno. Necesitaba verlas moverse mientras sus delicadas alas se carbonizaban.
- Aprecio tu depurada sensibilidad animal. No vayas a creer que soy insensible a tus inquietudes experimentales. Aún así, has llegado demasiado lejos. Créeme, te aprecio porque he convivido contigo desde siempre. Te conozco mejor que tú mismo y, aunque vivieses cien años, no llegarías nunca a conocerte mejor que yo.
- Hoy estás especialmente insistente y cansino. Te aseguro que he llegado a tolerarte. Es más, incluso aprecio tu fino humor, perspicacia e inteligencia. Sabes que, contraviniendo expresamente el criterio de esos matasanos que frecuento desde mi más tierna infancia, siempre me he negado a silencias mis voces; la tuya en particular. Hemos podido convivir razonablemente bien sin especial conflicto interpersonal.
- Lo sé y te lo agradezco en grado sumo. Eres fuerte y nunca has necesitado esas odiosas pastillas multicolores como auxiliares de tu intelecto. Esos acólitos químicos hubiesen anulado tu voluntad plenamente, regalándote una falsa y domesticada sensación de soberanía a costa de doblegar tu indómita y exultante naturaleza.
- Ya está bien. Déjame en paz para que pueda concentrarme en la tarea. Pronto amanecerá y el fuego perderá gran parte de su magia si es contaminado por los rayos del sol.
- Está bien, pero prométeme que será la última vez.
- Sabes que no me gusta prometer algo que no podré cumplir.
- Lo hago por tu bien. ¿Qué haces? ¡No lo hagas! Te quedarás dormido si te las tomas y podrías quemarte. Ambos pereceríamos. Al menos, apaga ese maldito fósforo. ¡No seas imbécil!
- No creo que pase nada por triplicar la dosis. ¡Ya me tienes harto! ¡Tú lo has querido! ...
Esta mierda de pastillas me dejan atontado y no puedo disfrutar plenamente del espectáculo. Tendré que explicárselo al psiquiatra la próxima vez que acuda a su consulta. Además, ya no me apatece encender el fuego. Me caigo de sueño. Tengo que dormir...



4 comentarios:

Maríjose Luque Fernández dijo...

Esperando el autobus...ja ja ja me abstraje leyendolo y se me fue. Genial!!!! Er3s un buen narrador y haces vivir el momento. Poner en el personaje y observsrle pacientemente como si fueras su conciencia. Me encanto Juan Antonio.

María PAZ dijo...

Un pirómano adicto a los fármacos que ya comienzan a hacerse tolerables, por lo que debe tripliclar la dosis. Interesante caso el que expones en este vívido relato iluminado por la voracidad y la urgencia del fuego.

Un abrazo.

Fer

Jorge Gómez Monroy dijo...

Dicen que el fuego lo mata todo. Con tu escritura, Juan, pasa lo contrario: ¡le da vida a todo!
Gran diálogo, amigo! Es un placer leerte.
Abrazo.

Eva Mercader dijo...

Hola Juan. Este relato me ha gustado especialmente. La atracción por el fuego o al abismo son muy comunes. Cada loco/a tiene su insana atracción por algo que destruye o le acabará destruyendo. Me encanta tu blog, amigo.
Besos