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14 octubre 2015

SESENTA Y SIETE CÉNTIMOS.

Dejó caer las gafas en su regazo al tiempo que se acomodaba con cuidado en el sillón. Una lágrima surcó lentamente su rostro y vino a subrayar el leve suspiro que exhaló tras leer el farragoso documento que tenía entre las manos. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Ahora, a la luz de los últimos acontecimientos sobrevenidos, lo veía todo mucho más claro. Bien pensado, era lo mejor. Aún así, no se merecía el escarnio ni el sufrimiento por el que había pasado. Todo hubiera sido mucho más fácil si las cartas hubiesen estado sobre la mesa desde el principio. Pero no, ese cobarde, ese canalla... jugaba con naipes marcados. 

Evocaba ahora, más de una década después, el estado de embriaguez, casi etílica, en el que se precipitó tras el primer encuentro. Atento, educado, interesante, locuaz, divertido... Había tenido que recurrir más de una vez al uso del diccionario para encontrar términos que describiesen adecuadamente su exuberante y poliédrica personalidad. Ella, una chica de barrio, de extracción social bastante humilde, quedó subyugada por el despliegue de medios de aquel joven encantador que la trataba como a una reina. Haciendo caso omiso de las advertencias que su hermana le comentaba frecuentemente, replegó todas sus defensas y se entregó incondicionalmente a un amor, eso creía que era entonces, como nunca había soñado. Amor que, de tan intenso y apasionado que era, se volvió posesivo con los días y opresivo a medida que su espíritu iba domeñándose ante los arrebatos de celos desproporcionados e irracionales de ese hombre.

Soportó, más de lo que hubiese debido, gritos, destrozos de mobiliario, insultos, algún que otro golpe y salidas de tono airadas de alguien que juraba sin el menor reparo amarla hasta que la muerte los separase. Ahora se daba cuenta, con el tiempo y las profundas cicatrices que surcaban su cuerpo y su alma, de cuanta verdad escondía esa frase premonitoria que él, en su osadía y arrogancia, pronunciaba con excesiva frecuencia. Tal y como acababa de leer en los "hechos probados" de la sentencia condenatoria, sólo pudo imputársele a ese animal una mínima parte del calvario por el que ella había pasado a lo largo de los últimos años. Afortunadamente, varios testigos pudieron apreciar el brutal empujón que le propinó cuando, caminando por la acera, la desplazó hasta el centro de la calzada y un coche que pasaba le destrozó la pierna y parte de la cadera. Cobarde hasta el último momento, comenzó a gritar pidiendo ayuda a los transeúntes mientras ella, según le contaron, permanecía inconsciente encima del pavimento, desangrándose a marchas forzadas. Aún no se explica cómo pudo sobrevivir. La luz apareció ante sus ojos y, esta vez, caminó hacia ella. Esa luz que representaba la decisión irrefutable de apartar a ese miserable de su vida, costara lo que costase.

Al parecer, aquellas acciones delictivas que no llegaban a consumarse, por circunstancias ajenas a la voluntad del agente, quedaban tipificadas en grado de tentativa. La intentó matar, salvajemente, pero aquella mezquina y cobarde actuación no era más, a los ojos de la justicia, que una conducta delictiva inconclusa. La Audiencia Provincial le había imputado, finalmente, un delito de homicidio en grado de tentativa y otro de lesiones. El juez había tenido en cuenta todas las consideraciones del Ministerio Fiscal en sus conclusiones definitivas y dictó una sentencia de siete años y seis meses de prisión para su marido, además de la prohibición de aproximarse a la localidad, domicilio, lugar de trabajo y menos de trescientos metros de su víctima, ella. En concepto de responsabilidad civil, el agresor indemnizaría por todos los conceptos a la víctima en la cantidad de quince mil doscientos cuarenta y ocho euros, con sesenta y siete céntimos...

Sonrió con esa mueca de sarcasmo que sólo los supervivientes pueden hacerlo. Despacio y con cuidado, se incorporó de la butaca donde pasaba sus tardes y, cogiendo su muleta, se dirigió lentamente hacia la cocina para prepararse un café y tomarse algún calmante. Sólo esperaba que las heridas de su alma fuesen cicatrizando con el tiempo. Para eso, lo sabía por experiencia propia, no había pastillas mágicas que le pudiesen ayudar.



7 comentarios:

Eva Mercader dijo...

Un relato impresionante y maravillosamente narrado, Juan. Me encanta la diligencia y delicadeza con la que sabes tratar estos temas. Un abrazo, my friend.

Siloe Sombra dijo...

Un tema muy delicado y esplendidamente narrado....
Felicitaciones por tu inspirado relato.
Reme.

Linda Guizar Ponce dijo...

Que triste! Y pensar que es una realidad constante en todos los paëses! Gracias por el extraordinario relato!

Linda Guizar Ponce dijo...

Gracias por el relato, trístemente cierto por todas partes!

Chari BR7 dijo...

Me ha gustado muchísimo. No sé si tienes cerca algún caso de maltrato, pero lo narras tan bien que parece que así sea. Enhorabuena por tu relato

Marina Collado Prieto dijo...

Impactante relato amigo, por desgracia son hechos que se producen con más frecuencia de la que se debería dar. Buenísima narrativa. Un abrazo.

Miguel Ángel II dijo...

Ojalá estos relatos nos parecieran más ficción que realidad.
Muy bien ejecutado y profundo.