Mi biblioteca

30 septiembre 2015

QUIERO SABER



Quiero saber
por qué buscas en silencio
mis miradas.
Por qué surcas con tu aroma
mis desvelos.
Por qué sigues embaucando
mis sentidos.
Por qué lucho
por tener
lo que no puedo.


Si te sueño,
porque vivo sin vivir...
Si te busco,
sólo encuentro desazón...
Si te ignoro
no me cuesta respirar,
sólo puedo
abandonarme
sin pensar.

Dime tú,

añorada presencia.
Si te pido más allá de lo que debo,
si es normal 
que despiertes sin querer,
esta lucha
este sino
este anhelo.

Estoy bien;

aunque vivo,
sólo muero.

28 septiembre 2015

TU INFIERNO Y TU CIELO



Lloras,
en silencio y sin mesura
por aquello que no fuiste,
por aquello que se fue...


Gimes,
y el gemido se acompasa
con tus lágrimas saladas,
con tu llanto,
tan amargo
tan inútil
tan extraño,
tan pequeño como es.

Sueñas,
y soñando que has soñado
no debiendo haber querido,
te das cuenta,
de que nunca
tus heridas se cerraron;
que supuran lentamente
y recuerdan tu pasado.

Tus suspiros y lamentos,
tus congojas
y pesares,
sólo ellos te recuerdan,
cada día,
cada instante,
que el pasado mortecino
se diluye haciendo daño;
socavando tus cimientos,
deshaciéndote despacio,
recordándote el tormento.

Llora,
pero hazlo sin pesares,
liberándote con ello
recordando,
sin dudar,
que eres dueña,
sólo tú,
de tu infierno
y de tu cielo.




24 septiembre 2015

VIVE, BAILA, LLORA Y RÍE


Sueña,
dulce niña...
en frondosas arboledas,
que tamizan y acarician
sin demora, 
sin desvelos,
sin disgustos... 
sin anhelos,
esos rayos luminosos,
esa cálida penumbra
que va envolviendo tus pasos,
lentamente.

Inspira,
sin prisas...
porque nada es permanente,
pero todo permanece
si tu espíritu lo anhela.

Busca,
en cada rayo de sol
la luz que inspire tus días,
el calor que, 
sin dañarte,
reconforte tus pesares,
y acompañe fiel tu llanto.

Y no olvides
que eres tú,
nadie más,
la que marcas esa senda,
esa íntima vereda,
tan oscura o tan brillante,
tan penosa o tan etérea, 
tan volátil como el fuego,
tan estable como el suelo,
intangible como el viento...

Traza el camino
como quieras, 
como puedas,
como sepas,
como debas...

Vive, baila, llora y ríe...






22 septiembre 2015

VUELA, VIVE Y SUEÑA


Vuela,
pero vuela alto y no mires atrás.
Despréndete de esa incómoda coraza,
de ese lastre eterno
que te permitió sobrevivir al infierno helado
mientras te arrastrabas por el suelo.


Pero no la desprecies;
te ayudó a caminar por el páramo de tu existencia.
Ahora comprendes
que su peso es excesivo.
Has acumulado sobre ella capas de sedimentos
que te arrogaste,
que te lanzaron,
que recogiste
en tu afán por salvar el mundo...


Sobrellevarla te hizo fuerte,
antes los ojos de los demás
y los tuyos propios.
Pero todo cansa...
y todo llega.

No permitas más que tu espalda

cargue las miserias que otros, 
egoístamente,
no fueron capaces de solventar.
Ayuda a los demás,
pero ayúdate a tí misma.

Tu naturaleza, 

que es sabia,
ha mostrado síntomas de asfixia.
Los reconoces y te aterran,
porque eres fuerte...
¿o no?

Escúchala,

respétala y sigue sus dictados.
Suelta lastre,
baila,
sumérgete en las aguas de ese mar...
Y permite que el agua salobre
cicatrice tus heridas.

Dolerá,

pero el dolor te hará recordar 
lo que fuiste.
Respira,
hondamente esta vez,
y grita,
grita alto, 
con todas tus fuerzas
y hazlo sin temor.

Lanza al viento tus lamentos y plegarias

y comprenderás,
por fín,
que todo fluye 
aunque no estés,
que todo seguirá fluyendo
cuando te vayas...

Vive, sueña y goza de tus días

y no empeñes más desvelos
ni regales tus lamentos
por que tú,
solo tú,
eres la dueña de tu destino.

Vuela, vive y sueña. 

Sé feliz...



17 septiembre 2015

CARTOGRAFÍAS VITALES

Suspiró profundamente mientras sus pies chapoteaban apaciblemente en la orilla. Hasta el momento no había encontrado actividad más relajante y reparadora que sus paseos diarios, descalzo, por la playa. Esta vez le había costado un esfuerzo sobrehumano superar aquella fase de duelo. Toda pérdida, no necesariamente la de un ser querido, generaba sentimientos  de dolor, muchas veces encontrados y ambivalentes.

Con la objetividad que permiten el tiempo y la distancia, había logrado destilar, en el sinuoso alambique de su memoria, elementos tóxicos como el despecho y la venganza. Si se analizaba con calma la situación, no se sentía culpable. Eran muchos, demasiados, los episodios rememorados en los que evocó humillación, desprecio e, incluso, maltrato psicológico hacia su persona. Hasta donde era consciente, había logrado sobrevivir sin demasiadas secuelas. Eso era lo más importante. Su error, humano por lo demás, residía en haber confiado a terceros sin escrúpulos la llave de su bienestar personal, en tanto en cuanto aquellos logros mundanos que le regalaba y atribuía su entorno se habían llegado a convertir en el combustible de su autoestima e imagen personal.

Restañó sus heridas con calma y sosiego. Al menos ese mérito era exclusivamente suyo. Otros, en una situación similar, hubiesen perecido destrozados en la sima del ostracismo, a la que se le relegó sin conmiseración alguna. Brillaba demasiado como para que aquellos mediocres fariseos de opereta le permitieran seguir caminando por la superficie, corriendo el riesgo de que sus miserias fuesen propagadas y conocidas.

Su error, el de ellos, fue oficiar el funeral por su espíritu con la intención de sepultar con premura, alevosía y precipitación su memoria. Se equivocaron, aunque ahora estaba seguro que había podido desprenderse de la hiel del despecho que le había inundado durante aquellos largos meses. Lo había conseguido sin esconderla ni disfrazarla. Él mismo se sorprendía de su transformación. Sin duda, cumplir años y sobrevivir a varios naufragios eran circunstancias que podían explicar razonablemente su nuevo enfoque vital, mucho más sereno y apacible.

Prosiguió su deambular por la orilla, alegrándose de que este nuevo marco de interpretación personal le hubiese llevado a respetar sus cicatrices y apreciarlas. Ellas, y no las patrañas de los adoradores de becerros de oro, eran las que le mostraban con nitidez la cartografía de su vida y marcaban la senda de su particular Ítaca. Siguió caminando tranquilamente mientras disfrutaba del batir de las olas. De ese modo tan sencillo, honró y respetó su naturaleza, que no era otra que la de ser un caminante...



15 septiembre 2015

LENTA AGONÍA

Suspiró tras leer el último mensaje de un admirador en el teléfono móvil mientras tiraba de la cisterna del retrete. La poesía sazonaba su espíritu y le permitía sobrevivir a la indolencia de su miserable rutina diaria. Publicar en su red social favorita se había convertido en el balón de oxígeno que necesitaba para no caer en el profundo pozo del abatimiento. De ahí, pensaba, al pozo de la depresión mediaba una delgada línea roja.

Se retocó el peinado tras lavarse las manos y salió remoloneando del aseo. Se dirigió con la mirada fija en el horizonte de aquel asfixiante cubículo hacia el terminal informático donde se sumergía más horas diarias de las que podía soportar.


Su jefa, esa estúpida y engreída advenediza, la miraba fijamente desde detrás de unas indescriptibles gafas de diseño que costaban más de la mitad de su sueldo mensual. Ni tan siquiera se molestó en esbozar una sonrisa de compromiso. Deslizó su acuosa mirada por el limitado espacio de la oficina y se sentó a esperar el final de la jornada delante de su ordenador.

Ser madre soltera, con dos hijos a su cargo, le impedía escapar de aquella mazmorra en esos momentos, por más que lo deseara ardientemente. Estaba sufriendo las secuelas del marasmo en que se hallaba encarcelada. No obstante, decidió que su voluntad no podría soportar por mucho tiempo esa situación laboral, que había conseguido alienarla y socavar su espíritu. 

Respiró a fondo y suspiró. Decidió en ese mismo instante que ese sería el último episodio de su pasado. Ahora tocaba comenzar a construir el futuro. Activó la pantalla y se dispuso a trazar una nueva derrota para su nave. El naufragio no estaba dentro de sus planes. 



11 septiembre 2015

HACIA EL PATÍBULO.

- Sigue adelante, no te detengas!
El sudor corría, inmisericorde, por mi acalorada frente. Mis manos, atenazadas y sin posibilidad de moverlas, no podían auxiliarme para que pudiese limpiarme las perlas que corrían por mi nariz. El paisaje se abría ante mí desplegando toda su magnificencia. Lástima. Me hubiese gustado poder disfrutar de la última vez que transitaba hacia este paraíso.
Sentí una punzada en la espalda azuzándome para que no me demorase, al tiempo que mi agresora alzaba la voz para impedirme la réplica.


- ¡Vamos, torpe! ¡Deja de arrastrar los pies, que parece que estás desfilando hacia el patíbulo!
Esa última palabra, esa mención retórica al cadalso, me produjo una descarga de adrenalina que me hizo atrapar con fuerza la presa que mantenía agarrada con mis manos. Intuía ya que me quedaban pocos segundos de vida, de esa vida que constituía una muerte silente, un infierno helado donde había sobrevivido demasiado tiempo más que el que mi dignidad me hubiese permitido. 
Me paré en seco y, sin atender los gritos ni imprecaciones de mi torturadora, liberé mis anquilosadas manos. 
Sin volver la vista atrás y soltando las dos sillas, la nevera, el par de sombrillas y el bolso de mano que me colgaba del hombro, caminé apaciblemente hacia la orilla. Los gritos de esa grulla indómita a la que había soportado durante más tiempo del razonable se diluyeron y mezclaron con el dulce sonido de las olas al romper en la orilla. 
Sin quitarme la camiseta, me zambullí de cabeza en las heladas aguas que me acogieron dulcemente, generándome un sentimiento de liberación que mi atormentado espíritu anhelada desde hacía más tiempo del que podía recordar.
Mejor tarde que nunca...



09 septiembre 2015

JUGANDO CON FUEGO


- No juegues con fuego; te quemarás. Podrás escapar de muchos incendios, pero llegará el día en que algún descuido, una concatenación de casualidades, una conjunción adversa de los astros o un despiste insignificante te harán perder la partida.
- Lo sé, estoy harto de escuchar tus sermones. Crees que actúo así por frivolidad o vicio, pero no puedes llegar a imaginar la fascinación, el brillo, textura y forma que adquiere el fuego que se consume lentamente. Su crepitar exalta mis sentidos y quedo extasiado con su contemplación. Prácticamente nada se le resiste. Tiene poder; inmenso. Adquiero su fuerza porque lo controlo y puedo llegar a dominarlo.
- Dices bien. Te comprendo y puedo llegar a ponerme en tu lugar. Es algo superior a ti; lo sé. Está en tu naturaleza. Lo llevas muy dentro desde que naciste, al menos desde que tienes uso de razón. No me pasaron desapercibidos, aunque aún no me conocías, aquellos experimentos infantiles en los que te divertías quemando las alas de aquellas inocentes moscas que atrapabas pacientemente para someterlas a ese ritual que muy pronto se instaló en tu vida. En el patio trasero, convenientemente resguardado del viento y de las miradas indiscretas de tus padres, dedicabas las tardes a encender aquellos fósforos que sustraías hábilmente de la cocina. Con paciencia impropia de tu edad, conseguías inmovilizar a esos pequeños insectos mientras los torturabas con calma, sistemáticamente.
- Ellas no sufrían. Su sistema nervioso no está tan desarrollado como para que pudieran ser conscientes plenamente del dolor infligido. Además, antes de inmolarlas en ese ritual de purificación las metía unos minutos en el congelador. Así, atontadas, anestesiadas convenientemente, eliminaba prácticamente cualquier padecimiento. Cierto es que tuve que controlar el tiempo de exposición al frío extremo porque varios ejemplares perecieron congelados y eso impedía que el acto de purificación fuese pleno. Necesitaba verlas moverse mientras sus delicadas alas se carbonizaban.
- Aprecio tu depurada sensibilidad animal. No vayas a creer que soy insensible a tus inquietudes experimentales. Aún así, has llegado demasiado lejos. Créeme, te aprecio porque he convivido contigo desde siempre. Te conozco mejor que tú mismo y, aunque vivieses cien años, no llegarías nunca a conocerte mejor que yo.
- Hoy estás especialmente insistente y cansino. Te aseguro que he llegado a tolerarte. Es más, incluso aprecio tu fino humor, perspicacia e inteligencia. Sabes que, contraviniendo expresamente el criterio de esos matasanos que frecuento desde mi más tierna infancia, siempre me he negado a silencias mis voces; la tuya en particular. Hemos podido convivir razonablemente bien sin especial conflicto interpersonal.
- Lo sé y te lo agradezco en grado sumo. Eres fuerte y nunca has necesitado esas odiosas pastillas multicolores como auxiliares de tu intelecto. Esos acólitos químicos hubiesen anulado tu voluntad plenamente, regalándote una falsa y domesticada sensación de soberanía a costa de doblegar tu indómita y exultante naturaleza.
- Ya está bien. Déjame en paz para que pueda concentrarme en la tarea. Pronto amanecerá y el fuego perderá gran parte de su magia si es contaminado por los rayos del sol.
- Está bien, pero prométeme que será la última vez.
- Sabes que no me gusta prometer algo que no podré cumplir.
- Lo hago por tu bien. ¿Qué haces? ¡No lo hagas! Te quedarás dormido si te las tomas y podrías quemarte. Ambos pereceríamos. Al menos, apaga ese maldito fósforo. ¡No seas imbécil!
- No creo que pase nada por triplicar la dosis. ¡Ya me tienes harto! ¡Tú lo has querido! ...
Esta mierda de pastillas me dejan atontado y no puedo disfrutar plenamente del espectáculo. Tendré que explicárselo al psiquiatra la próxima vez que acuda a su consulta. Además, ya no me apatece encender el fuego. Me caigo de sueño. Tengo que dormir...



04 septiembre 2015

¿LA ÚLTIMA VEZ...?

Micro


Aprovechó la escasa luz que a esa hora de la tarde se colaba por la puerta. Miró fijamente y retuvo en su memoria la entrada del averno al que no pensaba volver jamás. Su particular Cerbero, aquel monstruo que no necesitaba tres cabezas para mostrarle toda su ferocidad, había salido a emborracharse, una noche más. Horas más tarde, como era habitual, volvería con toda la saña e inquina acumulada y, antes de someterla por la fuerza, le arrearía la preceptiva somanta de hostias mientras la increpaba a gritos, obligándola a respirar su pútrido aliento alcoholizado.

Sin demora, recogió sus escasas pertenencias y las guardó en aquella bolsa que se había procurado al efecto y, hasta el momento, había escondido debajo del colchón. No podía arriesgarse a que el canalla de su marido comenzara a machacarla a preguntas pidiéndole explicaciones antes de golpearla hasta dejarla sin sentido.

Se deslizó por el zaguán con agilidad felina y aguzó el oído. Cuando se disponía a franquear la puerta, escuchó el motor del coche...





02 septiembre 2015

REALIDAD VIRTUAL


Cerró la sesión de chat con aquel maromo, su última conquista telemática, jadeando en la distancia. Al menos, eso parecía desprenderse de las últimas líneas que aparecieron en su pantalla antes de cortar la comunicación ("mmmmmmmmm...!!!!"). "Amatista húmeda", su último nick (uno de tantos que había utilizado en los últimos tiempos) le había procurado, como por arte de ensalmo, innumerables peticiones de contacto que saltaban como brillantes bombillas cuando iniciaba sus sesiones de chat. Nada  tenía que ver este divertimento con su verdadera identidad sexual. 

En la vida real, había probado prácticamente todo lo que se le había puesto a tiro. Disfrutaba de un equilibrado balance entre su cerebro femenimo y el masculino. Recurría, indistintamente, al uso de aquel que mejor se adaptase a las cambiantes circunstancias del entorno. "Adaptación o muerte", era uno de los mantras; el último lema que había incorporado a su imaginario personal. Estaba inspirado en sus innumerables lecturas evolucionistas que, a lo largo de los años, había fagocitado por el mero placer de leer sobre esta temática. Había aplicado ese área de interés a su propia vida y toda su existencia giraba en torno al concepto del cambio y del "eterno retorno". En su escritorio, bien a la vista, había escrito las palabras mágicas que le servían de guía cuando la tormenta, del tipo que fuese, aparecía en su vida. Fáciles ecuaciones que sintetizaban su particular visión de las circunstancias que le rodeaban. Ambas inspiraban cualquier asunto que cayera en sus manos y sobre el que tuviera que reflexionar para extraer alguna conclusión.



FORTALEZA + FLEXIBILIDAD = SUPERVIVENCIA.

FORTALEZA + RIGIDEZ= EXTINCIÓN. 

Amatista era un juego, un experimento informal que su intrépida y juguetona mente necesitaba para evadir el tedio. La foto que ilustraba su perfil era lo de menos. Tras bucear por la red se había quedado con la imagen de aquella modelo de pelo leonino que, de manera insinuante, miraba al mundo a través de unas bonitas gafas de diseño, seguramente impuesta más por la estética que por las dioptrías de aquella hermosa chica. Ahora estaban de moda las gafas, incluso hasta el punto que algún famoso presentador de una cadena de televisión había confesado en una entrevista que las llevaba por imposición de la productora. Servidumbres de la fama; nada nuevo bajo el sol.

La mirada de la foto y su nombre de guerra parecían excitar sobremanera a muchas personas, especialmente hombres, que tenían la ocasión de encontrar su perfil en la red. No le hacía falta, de hecho no era el caso, frecuentar las páginas de contactos ni de relaciones. Estaba presente en diversos foros, grupos y comunidades que nada tenían que ver con la sexualidad o la búsqueda de relaciones íntimas. Algo tan explícito no era lo suficientemente estimulante y el instinto de cazador indómito que transpiraba por todos los poros de su piel necesitaba ciertos refinamientos que la burda y directa, por soez, insinuación de un polvo telemático nada más interactuar con otro perfil, le aburría soberanamente. El cortejo era un arte refinado que exigía tiempo, esfuerzo y dedicación. Había encontrado más placer y divertimento en algunas de estas relaciones anónimas que en muchos de los innumerables asaltos pasionales que había vivido en su vida real, fundamentalmente para saciar su indomable sexualidad y deseo fisiológico. Ahora, en la mitad de su tránsito vital, compatibilizaba de forma discreta su normalizada y anodina vida social con las travesuras que le añadían divertidas gotas de aroma silvestre y picante, eso sí, homeopáticamente dosificadas. 


Esbozando su mejor sonrisa, salió del despacho y se dispuso a recibir a su próxima clienta. El ejercicio de la abogacía era algo que no le disgustaba en absoluto. Siempre le había fascinado relacionarse con la gente y aquí había encontrado un excelente caldo de cultivo para saciar esa pasión personal. Otras pasiones, más interesantes y sublimes, habían encontrado en la red un magnífico vector de expansión que, hasta el momento, combinaba e integraba sin especial problema con su apacible y, en apariencia, anodina vida.